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jueves, noviembre 24, 2011

Las palabras se las lleva el viento

Demuéstrame con hechos que me amas,

bésame con el rubor del primer día,
abrázame con el miedo del primer contacto,
roza mi piel con miedo a que se rompa,
y con la ternura de los tesoros preciados.
Devuélveme las lágrimas que te bebiste,
siéntate a mi lado cuando notas que tiemblo
[de miedo, de emoción, de frío
escúchame aunque sólo murmulle entre llantos,
háblame cuando sientas que no te escucho,
deséame cada día, cada hora,
enloquece junto a mí,
electrifícate, cárgate de mi energía.
Déjame también que te cuide,
que te extrañe, que te sienta, que te bese y te abrace,
déjame que te susurre al oído,
que te acune en momentos difíciles,
que te haga reír, enloquecer, cárgarte de energía,
pero no digas que me amas
que las palabras se las lleva el viento.

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miércoles, septiembre 07, 2011

Esto debe ser

Hace tan sólo dos horas que te marchaste y ya te echo de menos. Como en aquella canción, tan sólo un post-it en el espejo, tan sólo tu olor en mi almohada, tan sólo la sensación de hormigueo en el estómago, tan sólo ese cosquilleo que te sube por la espalda y que se sitúa ahí en algún punto entre la nuca y la espina dorsal, en algún punto entre mi pecho y mis hombros, en algún punto... y lo cambia todo.

Hace tan sólo tres horas que te marchaste y ya te echo de menos. Echo de menos tu forma de besar mis hombros, poco a poco, respirando, suspirando, durante horas, con esos besos cortos, pero intensos, con ese susurro de "quiero quedarme aquí", para siempre, ¿por qué no? Porque sí, porque nada merece más la pena que cada segundo que paso contigo, porque contigo puedo ser yo, sin límites, sin mordaza, sin represalias.

Hace tan sólo cuatro horas que te marchaste y ya te echo de menos y me escribes que tú también me extrañas, y mi mundo alrededor no es igual, sin tus pinceladas, sin esa sonrisa que me desarme, sin esa sonrisa que podría conseguir de mí cualquier cosa -¿no lo hace ya?-, sin la picardía de tus ojos, de cómo me desvistes con la mirada y no me importa, porque me siento yo, tuya pero yo misma, completamente desnuda, sin complejos, porque nuestros cuerpos encajaron como si hubiesen sido fabricados para ello.

Hace tan sólo cinco horas que te marchaste, y ya te echo de menos, pero sé que sólo me quedan diez para que vuelvas y entonces mi vida cobra sentido, también sin ti, porque me sobran los segundos en el tintero, porque no quiero dejar nada atrás, porque quiero vivirlo todo, sin miedos, sin vergüenza, sin el mundo.

Y el amor debe ser esto, esto que se me cuela por las pestañas, mientras el cuerpo se niega a vivir, esto que me transmite el roce de tus dedos en mi cintura, esto, que me ahogaba cuando te supliqué que me dejaras, esto que me subió desde los dedos de los pies cuando te negaste a hacerlo, esto que ha sido capaz de tumbar abajo una fortaleza contra los desengaños, construida piedra a piedra durante años, esto que ha curado a cámara rápida todas mis heridas, el amor debes ser tú.

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martes, marzo 29, 2011

Mínimo Común Denominador

Para que llegar a una conclusión válida habría que descartar de la ecuación las escapadas románticas de Armiche, a ningún otro se le ocurrió tal idea. Por la misma razón, quedarían fuera del resultado la precisión para encontrar rincones únicos en las ciudades de Carlos, las casualidades de los conciertos y las coincidencias musicales de Celso, la combinación perfecta de lluvia + ropa mojada + bañera + espuma + vino + trivial de Alejandro, los silencios cómodos de Pedro y la capacidad para soñar de Aaron. Todo lo que no es común a nadie más no sirve.

Tendría que sacrificar también los orgasmos memorables de Aaron y Pedro, por separado claro, o su capacidad para encontrarlos. Me gustaría reservar Cortázar y sus citas sin hora ni lugar con la maga por las calles de París, que tan sólo dos de ellos adoraban, pero no me salen las cuentas. Los malabares y el circo también se quedarían fuera, atrás las vacaciones bajo la carpa y las escapadas domingueras al Retiro, pelotas él, cariocas yo, y el diábolo compartido a ratos, que sube y baja, enredándose y tomando impulso para seguir adelante, como símbolo seguro de nuestras vidas.

Sus dedos sobre mi espalda, besos mariposa, masajes con aceite perfumado de naranja, pintura de dedos sobre mi cara y el olor a dulce de sus manos, también fuera. Tan sólo tres, como aquellos que juntaban letras sobre el papel o aquellos otros que perseguían flechas azules para mirar el dedo y luego el cielo y luego perseguir las flechas en sentido inverso y contestar al teléfono, a esos teléfonos de las películas en los que alguien llama a una cabina pública. ¿Y el número? ¿Quién les consigue ese número?

Tres Aes lideran el grupo, o lo sostienen, pero siguen siendo insuficientes para actuar como mínimo común denominador definitorio en sí mismo de las similitudes del grupo, de sus conexiones, de su identidad.

Cuatro serían capaces de entrar conmigo en cada una de las salas de cine que visito, sin objeciones. Cuatro serían también los abrazos que marcan la piel a fuego lento, los que generan adicción, en silencio, mientras mudos, se apoderan de ti y te atrapan sin remedio. Cocinar era otro de mis candidatos preferidos, que cocinen ellos, como me han sorprendido hasta ahora, siempre tuve buen ojo para los mañosos, los cocinillas, los que tan sólo con probar un plato sabían exactamente qué le faltaba, un toque de canela, un beso, un poco de harina, un pizquito de sal, sus manos, la mesa de la cocina. Esos cuatro, no, no los mismos, otros cuatro, son los que se desvivían por sentir, abrir la puerta, cerrarla, contra la pared, pasión, sus dedos entrelazados en mi pelo, sus manos en los botones de mi camisa, pasillo, los zapatos, la habitación, la falda, mis medias, la cama, suspirar.

También los había músicos, cuatro o cinco, me guardo el por qué de mis dudas, y la mayoría con dotes para bailar, la mano en la cintura, no te conozco, vienes mucho por aquí, sus dedos en mi costado, un cosquilleo, sus susurros en mi oído, bailar como preámbulo de la vida, de ciertas vidas.

Tanto descarte me hace reducir la ecuación al mínimo, al mínimo común denominador: me salen viajeros, aventureros, amantes de la cultura y el recorrer ciudades nuevas, vivir experiencias nuevas, compartirlas, aprender, pero también capaces de conversar casi sobre cualquier cosa, de tener opinión, de argumentarla. Hablar sola resulta tan tan aburrido, y no menos escuchar, ni yo me soportaría, seamos realistas.

Y aún así, en medio de la nada, ellos, Armiche, Carlos, Celso, Alejandro, Aaron y Pedro, ellos en sus diferencias, pero también en sus parecidos, en sus comunes denominadores, en sus mínimos, ellos impasibles, mares en calma, pacificadores, ellos como un baño de agua caliente al llegar de una tarde de lluvia, ellos, tan diferentes, optaban por un único mínimo común denominador. Un mínimo, como base, como imprescindible, común a todos, denominador, definitorio, clave: la serenidad. La que apacigua mis fieras, la que convierte demonios internos en música melodiosa al llegar la noche, y te abraza con la total seguridad de que todo pasa.

Minima condición, pero también mínimos los candidatos, no es justa, la vida.

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miércoles, diciembre 15, 2010

Fénix

No sé mirar por encima de los infiernos que coronan todas tus sonrisas, ni junto a los plieges de tu cuello, pero sí encontrarme en el camino a tus labios el rubor de tus lágrimas, el sincero color sonrosado que toman cuando te avergüenzan mis miradas y lloras lágrimas con tornasoles dorados y cierras todas y cada una de las ventanas, que no nos vea nadie, que tus mejillas mojadas pueden iluminar la estancia entera.

No sé escaparme más allá de los mares que salpican cada guiño de tus ojos, ni junto a la mueca que forma tu sonrisa, pero sí perderme en el sendero a tus hombros, en la línea fina que marcan mis dedos sobre tus brazos cuando el imán de tu piel las atrae inevitablemente, y me visto de invierno, completamente tapada, porque me gusta ver cómo la atracción va arrancándome poco a poco toda la ropa.

No sé pelear allá donde se esconde el hueco de las flores que decoran tu risa, ni junto al lugar en el que tu pelo comienza a ondularse, pero sí despertarme acurrucada sobre tus párpados, acariciando la brisa que recrean tus pestañas, y me duermo desnuda y sola, que me encuentres así a tu vuelta, que no quiero dañar tus pupilas con mis tacones.

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martes, julio 27, 2010

En sus manos

Apareció en mi casa, sin avisar, sabiéndose bienvenida a pesar de mis intentos por parecer distante, y se sentó en la mesa a mirar cómo preparaba la cena. ¿Te quedarás a cenar?, le pregunté. Si me invitas a una cerveza, me quedo a no ser que quieras que me vaya, fue su respuesta. Un movimiento rápido y, de repente, estaba detrás de mí, con la nevera abierta, buscando una cerveza a la que no le había invitado, y sacó otra para mí. Yo la necesitaba, no te imaginas cuánto.

Continué centrada en la comida, mientras la veía de reojo caminar hacia el ordenador, trastear con la música y volver a sentarse en el taburete que estaba frente a la barra, y ese cruzar de piernas y ver el borde de una falda que tapaba justo lo necesario, y subir y detenerme en su hombro y notar cómo se le escurría la camiseta, y mirarla a los ojos y pensar que todo era una locura, que no sabía por qué me sudaban las manos, por qué estaba allí, por qué no podía dejar de mirarla de esa forma.

Pero ella sí lo sabía, lo supo todo el tiempo, lo supo cuando dejé que hablara mientras volvía a ponerse junto a mí tras la barra, lo sabía cuando comenzó a darme un masaje en los hombros y lo sabía aún más cuando empezó a besarme y noté la forma de sus pechos en mi espalda.

De repente, noté sus labios posándose sobre mi nuca y sus manos deslizándose por mi columna hasta acariciar mis nalgas sobre la falda. Noté como me besaba el cuello con suavidad, esperando romper poco a poco todas mis barreras, respiré hondo y los ojos se me cerraron. Sentí su aliento junto a mi oreja, un hueles de maravilla, un qué te parece si dejamos la cena para después y unas manos que me agarraban con firmeza de la cintura, dime que no te apetece y no seguiré.

Un suspiro por mi parte fue la señal que necesitaba para dejarse llevar, continuó besando mi cuello con suavidad mientras sus manos se colaron bajo mi camiseta y se posaron sobre mi pecho. Después susurros, un date la vuelta que obedecí sin rechistar y una camiseta y un sujetador que salieron volando por la habitación.

Me sentía expuesta, terriblemente expuesta, aterrorizada, mientras su lengua se deleitaba jugueteando con mis pezones, inmóvil, mientras me dejaba hacer, sin saber cómo reaccionar, pero húmeda, muy húmeda, y aún sin entender que lo que tanto había deseado estaba sucediendo.

Fue entonces cuando noté una de sus manos buscarme bajo la falda y arrancarme las bragas de un solo tirón, mientras sus ojos me miraban desafiante y sus dedos corrían a deslizarse en mi interior, jugueteando a sus anchas, mientras ella analizaba no sin cierta premeditación, qué desataba mis suspiros, qué podía llegar a volverme loca. Siéntate sobre la barra, y eso hice, aún en mi estado de parálisis, y la vi agacharse junto a mí y posar con exquisita suavidad su lengua sobre mi clítoris, y detenerse ahí y saborearlo y chuparlo y besarlo como si el tiempo se hubiese parado para siempre.

Mientras arañaba con mis manos su espalda intentando acallar en vano mis gemidos, noté como sus dedos se humedecían de nuevo y tanteaban mi interior, un poco más adentro, le pedí entre gemidos. Separo su boca de mí durante dos segundos y me miró sorprendida por mi despertar, por mi reacción, pero contestó con una sonrisa y me obligó a avisarle cuando mi cuerpo estuviera a punto de estallar, me repetía al oído un ¿te gusta así? que me erizaba la piel y al que me costaba responder entre gemidos.

Aquella mujer estaba descubriéndome una nueva forma de disfrutar, y mientras mi cabeza le suplicaba que parara, mi cuerpo entero deseaba que siguiera buscando y me acariciara, más y más rápido, más y más adentro, mientras su lengua volvía a detenerse sobre mi clítoris y se movía con soltura en mi interior. Quería hacerme gritar y lo estaba consiguiendo, mi cuerpo se agarraba a duras penas a los bordes de la barra, mientras una serie de descargas me atacaban y ella no me dejaba terminar porque se paraba en seco para mirarme, para oírme gemir, suspirar casi aliviada y comenzar de nuevo, multiplicando mis sensaciones y retrasando ese orgasmo que amenazaba con llegar. Entonces lo vi acercarse, noté como sus dedos activaban en mi interior las terminaciones nerviosas justas, en el momento justo y que ella conseguía, aún no sé cómo, acompañar ese movimiento con el de su lengua.

Una sacudida me golpeó de inmediato y noté, como un escalofrío que me subía desde la punta de los dedos de los pies amenazaba con dejarme sin respiración, y ella lo notó y mientras sus dedos terminaban la tarea recorrió mis pezones ya duros con su lengua. Y al mismo tiempo que aceleraba el ritmo con sus dedos y me acariciaba dentro, con suavidad, pero con determinación, perdí la noción del tiempo y vi como el mundo se quedaba en blanco y dos sacudidas más hicieron que me retorciera sobre la mesa, mientras ella me besaba con fruición y me devolvía el aire que sus manos me impedían aspirar con normalidad, hasta que me oyó gritar, gritar como nunca antes lo había hecho, como nunca antes había imaginado hacerlo, y entonces caí rendida en sus brazos.

Y ella se reía, a carcajadas, como el malvado de una película que se regocija al ver su objetivo conseguido, mientras a duras penas yo conseguía mirarla a los ojos, aún sin ser capaz de creerme lo sucedido, y balbuceaba: gracias.

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sábado, mayo 15, 2010

En la suela del zapato

"Si quieres, subimos a casa y salvamos el mundo y nos decimos lo importante sin hablar.
Si quieres, cortamos la calle y en sólo un segundo le arranco el pasado al sofá.
Si quieres, pasamos el día rodando en la alfombra.

Y en Madrid... cuando se hace de noche y me hace falta tu cuerpo viene sin permiso protestando el invierno y mis dedos preguntan dónde te has metido y el parqué echa a temblar cuando pienso en las dudas que siempre has tenido.

...y siempre acabo pensando quizás debería cuidarte algo más".


¿Qué hacemos con las canciones que se quedaron pegadas a la suela del zapato?¿con las que se clavan con un post-it en nuestra memoria? ¿con las que se nos olvidan? ¿con las que nos arrebata la historia? ¿y con todas aquellas que cambian, evolucionan, transforman su significado con el tiempo?
Las arrancamos y las escuchamos desde fuera, desde dentro, desde la otra orilla, desde la frontera de este universo conocido, desde lejos, desde el otro lado, desde el infinito y las traemos de vuelta, sanas y salvas, menos hirientes, con los bordes relucientes y el sabor irrepetible de las primeras veces.



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sábado, mayo 08, 2010

Estados de embriaguez

Dicen que la ebriedad y la embriaguez no son lo mismo, ni parecido. La diferencia está en dos o tres acepciones que el diccionario no contempla, la diferencia está en dos o tres copas de más que van desde una hasta la otra, dos o tres copas de más con las que se sienta a escribir una cuando ya no le quedan más fuerzas para dejar que la vida pase volando. La embriaguez es un paso más, es la cara de tonta que se me quedaba cuando veía como las gotas de agua hacían equilibrismos en tus pestañas o mientras escuchaba el silencio de la ciudad agarrada con timidez a tu mano.

Las imágenes vendidas no sirven para nada, son los recuerdos e incluso una sóla letra mayúscula en una firma lo que me arrebata la embriaguez que sin copas de más se queda en ebriedad a secas, que de nada sirve más que para rellenar almohadones con resacas a la mañana siguiente.

Ellos afirman que "y hicieron" no contiene faltas ortográficas y a mí se fractura el alma, por la mitad, y cae pedazo a pedazo como si la hubiesen golpeado con un martillo de feria. Me da igual lo que digan ellos, al final acepté aquella "y" no sólo como mi primera derrota dialéctica sino como la verdadera emoción que llega tras el primer round de una batalla, al comprender que se ha encontrado un competidor que está a la altura y que aporta un poco de riesgo a la contienda.

Esos sí eran momentos de embriaguez sin ebriedad, sin alcohol, sin copas de más, sin suspiros que se quedan atrapados en la boca y sin recuerdos, que se mezclan con las notas de una canción que odiabas, quizás no tanto, quizás sólo un poco, quizás sólo lo justo para darte cuenta de cuánto me importaba o para no notarlo siquiera, una canción que se quedó prendada a tus ropas, sin tu permiso y contra tu voluntad, ¡cuánta injusticia junta!


Era entonces cuando llegaban las consecuencias, y las resacas, las más duras, las de impotencia, las de no poder explicar con palabras lo más sencillo, ni siquiera entre dos cuerpos que siempre hablaron el mismo idioma, o al menos uno similar, uno entendible, uno o varios, pero que no obstaculizaban la comunicación y que obviaban las normas escritas de la conversación, tan innecesarias, tan inútiles en estados de embriaguez.


Mientras el agua en estado líquido tiende a gaseoso o a sólido, los estados de ebriedad no siempre alcanzan la cuota suficiente de embriaguez que a una podría alegrarle el día, y por el contrario se dedican a pintar escenas en blanco y negro, de un film caduco, insulso, que pone ante nuestros ojos imágenes de todo aquello que resulta inalcanzable, de todo aquello que nuestro poder adquisitivo no nos permite comprar, tan sólo para hacer hincapié en nuestras grandes faltas, en nuestras carencias y en nuestras lacras, y recordarnos lo infame que puede llegar a ser una resaca.

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domingo, enero 24, 2010

30 cosas sobre mí

A veces, nos damos cuenta de que ni siquiera la gente que nos rodea sabe algunas cosas sobre nosotros mismos, a veces algunos saben unas cosas y otros algunas otras, y además hay muchas cosas que no nos atrevemos a decir a nadie, y otras tantas que decimos demasiado.

Todo eso que llevo dentro sale a la luz en este pequeño resumen, eso sí, el mar y los girasoles los he dejado fuera, creo que su influencia es demasiado obvia en Érase una vez el caos.



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lunes, diciembre 21, 2009

365 palabras para 365 días

Este año, cuando comenzó, vino con un pan bajo el brazo, un pan de esos que te aportan la energía suficiente para seguir adelante durante doce largos meses, un pan de esos que te ofrecen en la sala de espera en la que has estado durante años y en la que conoces a otras personas que como tú han estado esperando su momento y a las que irremediablemente echarás de menos.

Ese pan fue el alimento diario para esta montaña rusa que comenzó con la creación de más de mil grullas que exige la tradición japonesa para poder pedir que se cumplieran mis sueños, más de mil grullas que me llevaron a ver mis escritos al otro lado del Atlántico, a filmar con mayor o menor acierto todo lo que encontré a mi paso, y a volar por primera vez como una verdadera abeja reina, sin prejuicios, sin remordimientos, a dejarme llevar más allá de mis límites y a traer de vuelta a mi vida a aquella niña que aún se permitía soñar.

"Siento que el 2009 va a ser un año en el que nos pasarán cosas importantes", fue la profecía de una pequeña bruja que me visita en ocasiones. Y así ha sido. Ha sido el año del aprendizaje, del autoconocimiento, de bordear los límites, de superar los errores y sobrellevar algunas pérdidas -una vez más-, el año de aprender a dejarse llevar -y de todo el esfuerzo que eso supuso-, para que la vida pudiera acercarme a todo lo que realmente estaba esperando.

Y lo que parece un final, un final de año, de ciclo, quizás de ciudad, no debería ser más que un alto en el camino, una parada para coger aire y recuperar lo conseguido durante el último año, lo avanzado. Pero como cada año, nuestro calendario anual culmina a las puertas del invierno, que este año parece mucho menos frío, que parece por primera vez en mucho tiempo, un buen invierno, quizás porque tú estás aquí, porque has llegado y nunca es tarde para hacerte un hueco en el nuevo año que comienza, si te apetece quedarte, y porque pase lo que pase, todo va a salir bien.


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martes, diciembre 08, 2009

To Chicago

Es el momento en el que el tren se pone en marcha el que paraliza nuestros sentidos, ese segundo, ese casi imperceptible vaivén en el que toda la maquinaria retrocede un milímetro para reemprender su camino, esta vez con nosotros dentro. Es el momento en el andén, la incertidumbre, las carreras, las prisas, la vida, que te empuja hasta ese preciso momento, en la puerta de un tren que no sabes a dónde se dirige, que no sabes ni siquiera de dónde viene, ese momento en el que sólo el instinto te puede ayudar a decidir si debes o no entrar, si quieres saltar de un tren en marcha a otro, o prefieres quedarte a esperar el siguiente tren en el andén.

Y de repente, una mano que se tiende, una ayuda, una mano que te promete que todo saldrá bien, una mano que surge de la nada, que no sabes de dónde viene ni a dónde va, que no puede decirte que dirección tiene ese tren porque probablemente tampoco lo sepa, pero que te promete, sinceramente, que todo va a salir bien, que no importa a dónde te lleve este tren, o el siguiente, o el que decidas coger, pero que va a salir bien, que en esta vida no nos queda otro remedio que seguir adelante, cambiar de tren, saltar en marcha, subirnos en el último momento, pero seguir adelante, dejarnos llevar, arriesgarnos, hacia algún lugar, y no tener miedo a ser felices, y ocupar nuestra plaza en el nuevo tren, porque el tiempo que se pierde en los andenes nunca se recupera y todos, o casi todos, tenemos en nuestros billetes demasiado tiempo perdido en el andén que recuperar.

Y hay mil trenes que se cruzan cada día, gente que ha saltado, que ha subido en trenes paralelos, gente que cambia de tren, gente a la que te encuentras en el nuevo tren después de años de aquel primer encuentro en aquel vagón lleno de gente a la que detestabas, gente que te sacó a rastras de varios trenes que te estaban matando por dentro, el olor, el ambiente, direcciones equivocadas, quién sabe, son trenes que se quedaron atrás, trenes en los que nunca te sentiste totalmente cómoda, trenes en los que no había asiento para ti, trenes completos, sold out, vuelva otro día, trenes sin destino, trenes perdidos, trenes que dejaste perder por tu bien o el de otros, o el de muchos otros y tantos otros que llegaban tarde, plazas para viajar en otros trenes que regalaste, trenes que nunca pasaron, trenes y más trenes.

Un pitido, la puerta va a cerrarse, ¿te atreves a probar el nuevo tren?¿Te arriesgas?

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jueves, octubre 01, 2009

Amarillo flower

Para one flower.
Espero que te guste,
son las únicas palabras que he podido escribir
aún me aprieta fuerte este nudo en la garganta.


Da miedo el silencio que recorre algunos días el vagón del metro. Tiendo a pensar que es en los días más fríos, en los que la gente se levanta con pereza de la cama y se aprieta contra la multitud casi por inercia, por frío, por silencio. Ese silencio es más doloroso que pasar la noche junto al altavoz, o las mañanas ante una excavadora en funcionamiento y hoy me hacía aún más daño, me dolían los días pasados, los tiempos no vividos, quizás más, quizás me dolía tu falta y era eso lo que se escuchaba en el vagón de metro, el sonido de tu ausencia amarilla y un poco violeta o lila o como te guste llamarla, un poco flor y un poco carcajadas huidas, sonrisas, abrazos eternos, un poco el silencio que dejan todas las veces que no te dije cuánto te quería y todas las miradas cómplices y los sueños que no llegamos a cumplir, juntas.



Dan miedo las estaciones de tren de madrugada y las paredes de una casa vacía, y aún más terroríficas son las cajas de cartón amontonadas en la entrada, cajas de las de Tontxu, y algún pequeño desastre animal, y el miedo que da analizar la anatomía de la risa con Luis y explotarla a ratos y no tanto como nos gustaría, al cien por cien, porque si lo hiciésemos seríamos capaces de comprender que todo lo que ocurre es para bien.


Hoy, como ayer, el miedo se me ha metido en el cuerpo como la abeja que de repente se queda sin colmena y comienza a volar dando vueltas en círculo, infructuosamente, sobre el lugar en el que algún día hubo algo parecido al hogar, sin cajas amontonadas en la entrada, sin silencios que recorren el metro en las horas punta, sin el miedo de las risas contenidas ni el dolor de los tímpanos que se esfuerzan en seguir escuchando la ausencia de lo que algún día fue una flor.


Aquellos días, como hoy, me llenaba el alma, la inquieta sensación del amor, puro y verdadero que puede surgir de una única flor amarilla, más amarilla que todas las flores amarillas del mundo, más amarilla que las 23 flores amarillas que deberé apuntarme al final en mi lista de cosas ganadas, tan grande como el amarillo de las playas donde te marchaste con toda la envidia que pienso seguir ocultando tan bien.


Hoy camino a lo largo del Paseo del Prado enumerando de nuevo todos los pasos, todos los destinos cruzados, todas las razones equivocadas y las decisiones erradas que nos llevaron a cruzarnos en algún tren que recorre un sendero también de baldosas amarillas y cuento las caras de todos aquellos que sin querer hicieron ese encuentro posible y todas las que sin querer me graban hoy a fuego, sobre la piel, tu nombre, como aquel, que sin saber por qué, se tatúa en el brazo amor a madre, como hoy que esta camiseta negra que huele a ti, deja justo un pequeño espacio visible en mi brazo para tatuar una pequeña flor amarilla, pequeña por humilde pero tatuada de por vida.





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lunes, septiembre 07, 2009

Instantes que merece la pena vivir

1.30 de la mañana.
Último metro.
Lo escucho llegar cuando aún no he terminado de bajar las escaleras mecánicas.
Decido correr, no tengo otra opción.
Al final de la escalera escucho el pitido que me anuncia que el tren se marcha.
Corro, corro más de lo que me permiten las sandalias que llevo puestas.
En el último segundo entro en el vagón de metro.
Allí una chica suspira y luego sonríe.
Me dice "uff, menos mal que has llegado, me alegro" y me lo dice con los ojos, mientras sonríe.
Sonrío, y la sonrisa ya no desaparece de mi boca.
Salgo a la calle y me preguntan por una dirección: Siga todo recto y luego al final de la calle gire a la izquierda.
"Mil gracias", y me lo dicen unos ojos oscuros, alegres.
El chico era bastante guapo, y sonríe y el tiempo se detiene durante un instante.
Delante de mí camina una pareja mayor y escucho su conversación.
No entiendo nada: se ríen, hablan de errores, de una llamada de teléfono, un "vamos de camino en el metro", y un "¿por qué has dicho eso? y más risas, y muchas más risas, y dos manos que se entrelazan.
No lo entiendo, es entrañable, como diría cierto amigo, es infinitamente entrañable.
Sonrío, si es que es posible sonreír más cuando ya se está sonriendo.
Sonrío y me doy cuenta de que se necesita tan poco para ser feliz.
Tan poco.

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sábado, agosto 29, 2009

Origen

A veces las palabras se quedan escondidas en la garganta y ya no vuelven a salir, están ahí, lo sé, pero mis cuerdas vocales no tienen suficiente voz fuerza para dejarlas escapar, ni mis dedos suficiente precisión para teclearlas en esta pantalla o en otra, o simplemente como bien me dijo una amiga una vez, la creatividad se comparte, quieres hacer de todo, me dijo, elige algo, una cosa y serás un genio, eso es lo que hacen los genios, tienen capacidad para elegir para dar su vida por algo. Yo no sé si quiero dar mi vida, me gusta así, tal y como está, por eso de repente tengo miedo a perderla y el caos vuelve con mucha más fuerza, tanta que da miedo, o hace más visible el miedo que ya estaba ahí antes.

Esta es la vida, así soy o creo ser, crisis y miedos incluidos; locuras incluidas; derrotas ganadas, conversaciones sin tapujos; de frente y con la soledad como mejor amiga -pero esa soledad necesaria, esa que te ayuda a desconectar y mirar las cosas con perspectiva-; acumulando primeros momentos, porque son los primeros momentos los que conforman la vida; evitemos que todo se estropee guardemos en la memoria esta noche como un rosario de momentos felices, de sonrisas, de redobles y mariposas en el estómago, de caos, tan verdadero y tan saludable.

Esta película se estrenó cuando Érase una vez el caos... ya llevaba un tiempo funcionando, pero fue la primera que vi como habitante de esta ciudad, Madrid, y hace unos días una compañera me lo recordó en su blog y hoy, aquí, he querido regalarles esa escena en la que tanto me vi reflejada - y a ratos aún me veo-.

Gracias Monstruos


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martes, agosto 11, 2009

Cuando se para el tiempo...

Esta noche pensaba volver a casa sola, como de costumbre. Me había acostumbrado a que nos besáramos casi sin saber, casi sin entenderlo y me parecía habitual que el tiempo se parara y las cosas nunca siguieran su curso. No nos llega la pasión, no para tanto, mejor así, pensaba. Y ahora te tengo aquí, atrapado entre mis piernas mientras te beso la espalda poco a poco y maldigo todos los besos que nunca nos dimos, todos esos besos que dejamos marchar.

¿Sabes que me vuelven loca las espaldas?, y lo suelto así, casi sin pensar, mientras apoyo mi cabeza en tu columna vertical para escuchar tu respiración. ¿Todas?, contestas, no has cambiado nada, te sigue excitando más que nada en este mundo la competición, conseguir el trofeo, disfrutas dejando que otros me seduzcan y me enamoren para demostrarles luego que ni siquiera eso podría impedir nuestros besos apasionados. Esos que compartimos todos estos años, robados a las madrugadas, soñados en pisos ajenos, besos para comenzar el año, cada año, esos en los que tu boca me penetraba tanto que parecía que ibas a absorber mis labios de un momento a otro, esos en los que te robaba a mordiscos los restos de mazapán, de turrón y uvas.

No todas, me gusta tu espalda, tu piel suave, tostada por el sol, el sabor a agua salada y arena, pero eso no te lo digo, mis manos contestan colándose por debajo de tus brazos apoyados en el borde de la cama, y yo te recuerdo de nuevo que soy incansable, incansable de ti, de sábanas, de sudor, de sexo, encerrémonos en esta sauna de sensaciones durante días, dejemos que el mundo se pudra fuera, que se paren los relojes, que se congelen las sonrisas, gastemos en esta semana todos los orgasmos de algún país europeo poco apasionado, recuperemos los besos con sabor a alcohol, a borrachera, a costa y fuego, los que nos hemos regalado a cuentagotas durante estos años, recuperémos el tiempo que no volverá.

Quiero repetir, y eso sí lo digo, alto y claro, quiero que vuelvas a beber de mí, hasta la última gota, que me deshidrates si es necesario, como hace veinte minutos o diez o hace un rato, que me tiemblan las piernas sólo de pensarlo y ya no soy capaz de medir el paso del tiempo. Aún noto tu lengua vaciándome desde adentro, tus ojos mirando curiosos, pícaros, intentando seguir la pista del próximo orgasmo. Podría beber de ti toda la noche, tu vagina sabe a sexo y a sal, me susurraste al oído entre respiración y respiración, y aún escucho el eco de tus palabras en mis tímpanos... Vuelvo a sentir las ansias de ti en la parte interna de mis muslos, entre la realidad vivida y la fantasía imaginada de lo que aún está por suceder.

Y me deslizo en tu regazo y te dejas convencer por mi boca que se posa suavemente bajo tu abdomen, porque no te queda más remedio, porque ya es demasiado tarde, porque aún puede esta cama arder tanto y más que las cuatro horas anteriores, porque te suplico al oído que me mates, que me partas en dos, que rompas de inmediato, que te olvides de todo el romanticismo si alguna vez lo hubo, que me hagas tuya, sin tapujos, sin miedos, por la espalda y sin avisar, porque te necesito dentro, una y otra vez, porque quiero dejar grabada esta noche en la pintura de tu pared, en los muelles de tus camas, porque quiero que la recuerdes como la mejor, como la que nunca viviste, porque quiero seguir siendo tu trofeo después de hoy y para siempre, porque quiero que vuelvas a mí cuando otras no sean capaces de darte lo que necesitas.

Y entonces, despiertas, y te levantas y me arrastras contigo hasta la pared y allí me dejas mientras noto el deseo que reboza tus ojos, y tu respiración descontrolada como un perro en situación de ataque, y me volteas, me cacheas, me paralizas contra la pared como a los delincuentes, porque lo soy, porque hacerte esto debería estar prohibido, porque sé que en el fondo me odias por arrebatarte la calma, pero te desvives por follarme aquí, sin preliminares, sin palabras, sin besos, contra la pared, como castigo, porque no hay nada que te guste más que llevarme la contraria, y me miras de reojo sin que tus manos dejen de violar cada rincón de mi piel, con las pestañas bajas, pidiendo permiso para hacerlo, para perderme el respeto, para sentirte dueño y hombre y recuperar el poder, la libertad y la autoestima que te robaron mis proposiciones intimidantes cuando aún vivíamos de noche, porque tú y yo sabemos bien que eso es lo único que aporta la dominación.

Adelante, te digo, y, entonces, el tiempo se para.


* Este relato lo escribí para el Encuentro de Relatos Eróticos que organizó un amigo, espero que lo disfruten.

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martes, julio 14, 2009

Lunes felino

Para la reina Monde,
no como despedida

sino como forma de comenzar
a construir la nueva colmena.





Dejé de contar al llegar a los 21.457 pasos. Demasiados para una sólo noche, incluso para mí.


En aquella cuenta estaban todos los minutos que tardé en llegar a su casa mientras descubría, no sin sorpresa, que comencé a buscar el portal 142 caminando desde el único punto que conocía de su calle, un centenar de números -y no menos glorietas- antes.

Hice un poco la vista larga entre vaso y vaso de vino para retomar la cuenta en el alféizar de su ventana, en los saltos y el gato que nos miraba suplicante desde el borde del pasillo verde -ahora que se ha corrido la voz sobre lo que mostraba aquella película para los no tan niños-, y nos miraba como si saltar al vacío fuera cosa de una raza superior -la suya- mientras recitaba el cógeme si te atreves en minino antiguo a los ojos penetrantes de su amada que se mecía impasible en el siguiente balcón.

Aún no sé si incluir en la cuenta los pasos en falso y los de la cuerda floja y el gateo seductor que resultó ser la única forma de traer a nuestro galán de vuelta a casa, no sin antes terminar la demostración de sus destrezas saltando estoicamente sobre mis hombros.

Entonces recuperé mi vaso -el tercero- y saludé con una reverencia al público que había presenciado nuestra actuación: un par de parejas y un par de cervezas en una terraza tranquila de verano, alegres por descubrir que ellos nunca fueron los locos de la historia.

Lo que vino después no lo recuerdo con precisión. Pelos de gato, pasos, vino, una cuesta, pasos y más pasos, un teatro, unos ojos azules, una pendiente y más pasos, una nueva pausa y cerveza con limón.

Entonces, disfruté por primera vez del papel de sujetavelas, captando al vuelo las miradas furtivas que se lanzaban al aire aquellos dos tintos de verano junto al Puente de Segovia, hasta que decidí marcharme, tras haber recopilado suficiente información para las crónicas del día siguiente y con la esperanza de dejarlos a buen recaudo en una cita con billete para asistir en primera fila a la despedida de dos cuerpos desnudos en las saunas madrileñas.

Y retomé la cuenta: pasos hasta el teatro de La Latina, más pasos hasta la Plaza de Tirso de Molina, el metro en obras cerrado antes de tiempo y más pasos dirección Antón Martín, las dos de la mañana al enfilar la calle Atocha y parar al fin junto a las vías del ferrocarril a esa hora dormidas.

Perdí la cuenta al llegar a los 21.457 pasos junto a la estación de Atocha porque las gotas de Madrid que me resbalaban por la espalda me gritaban a voces que aún me restaban como mínimo 60 pasos más hasta mi tercero sin ascensor para pasar una noche en la sauna real, ya sin gatos, pasos ni tintos que sólo se enamoran en verano.




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jueves, julio 02, 2009

Mi pequeña muerte E

He visto mi vida pasar ante los ojos, bueno, en realidad no, quizás sea porque tampoco he vivido lo suficiente. Durante unos minutos eternos sólo he pensado que mi vida terminaría así, lentamente, sin agua ni alimentos, mientras miraba cómo mi cara amarilleaba por la deshidratación y el espejo me devolvía una silueta deforme, insulsa, de una persona que no ha vivido lo suficiente, de alguien que en su momento quiso vivir más, y no le dejaron. Estaba sola, sentada sobre una cama con las sábanas por cambiar, un plato y una botella de agua vacía y un par de zapatos nuevos que ni siquiera tuve tiempo de sacar de sus cajas. Esa era mi única opción de muerte, la otra, la descartada, era saltar al patio interior desde mi tercer piso, intentar no hacerme demasiado daño con las cables donde mis vecinos cuelgan sus calzoncillos que siguen sucios, evitar que alguna pinza se colara disimuladamente en alguno de mis ojos o se clavara en mi estómago con la inquietante curiosidad del cirujano que siempre quiso ver el lugar dónde comienzan los ombligos. La otra, la soñada, era la de caminar en equilibrio por la liña de la ropa hasta la ventanta -medio abierta desde hace meses- del soldado de enfrente, que dicen que es marine y nunca viene, y encontrármelo mirando con las persianas abiertas, sólo para recordarme que estoy utilizando su lugar para tender y que por favor, tenga usted la bondad de dejar de pisar ahí, que luego se me ensuciará la ropa que nunca tiendo y que nunca lavo. La otra, la posible, era la de morir de inanición justo en el momento en el que terminara de ver el último capítulo de la última serie que encontrara en Internet, porque hasta la muerte puede ser más agradable si se tiene banda ancha y wireless y la batería no se acaba y la tormenta de verano no nos deja sin suministro eléctrico otra vez.

No he visto la vida pasar ante mis ojos, menuda estúpidez, sólo pensaba en morir en medio de un orgasmo eterno, extraordinario, etéreo, emocionante, estelar, epícureo, especial, exquisito, espléndido, entrañable, elegantemente erótico, exuberante, exitantemente elíseo, mi pequeña muerte E.

No he visto pasar ante mis ojos los mejores momentos de mi vida, sólo he visto como la nueva novia de mi compañero de piso rompía calladamente la cerradura de mi puerta, así en silencio, sin hacer ruido, como quien no quiere la cosa y me sacaba de mis ensoñaciones y de mi bien fingida claustrofobia y me devolvía a mi vida sin imágenes y sin pequeñas muertes.

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viernes, junio 26, 2009

No sirvo

No sirvo. No sirvo para decirles a las personas que las quiero, que las necesito, que quiero que formen parte de mi vida, que me abracen, que no soy tan mala, ni tan dura, que a veces, sin ellos, no soy nada.

Yo no sirvo. Soy como el hombre de hielo de Murakami, frío, intenso, huidizo, rehaciendo una nueva vida en el Polo Sur, olvidando que están aquí, a mi lado, que no vivo rodeada de pingüinos famélicos que te comerían sin duda si cayeras a esta océano helado que me rodea en los días de lluvia. No sirvo para mantener a las personas junto a mí porque no soy capaz de demostrar mis sentimientos, después de dos frases ya se han ido, y ya me han dejado aquí con la palabra en la boca, cotorreando en voz alta que nunca les quise lo suficiente. No sirvo para decirlo, ni para demostrarlo, ni para conseguir que te enamores de mí y que tengas claro que te he elegido "one in a million" aunque ya no haya flores en mi ventana ni sea capaz de escuchar a Travis sin dejar caer una lágrima. Tampoco se me da bien aparentar imposibles, yo soy así, lo que ves, incoherente, contradictoria, indecisa, excéntrica, payasa, histriónica, melancólica empedernida, imposible. Yo no sirvo para prometerte la vida, no sirvo para asegurarte que mañana aún estaré aquí, que te seguiré queriendo, que te echaré de menos, que me moriré si no estás, que es el destino, que eres mi vida, que no te vayas, que aquí te espero. No sirvo para rogarte que te quedes, que inviertas en mí tu tiempo, que me llames a las tres de la mañana, y me despiertes y me cuentes un cuento de hadas que acabas de leer en una revista gratuita al volver en el último metro. No sirvo para que construyamos casas comunes, para hacer planes y que tu hermana me venda la parte de la casa que tiene contigo y acordemos en el contrato que tú tengas derecho de compra preferente, por si algún día dejamos de ser y estar. No sirvo, precisamente porque nunca lo tuve claro.

Yo sirvo para contar los lunares que tienes en la espalda hoy y bailarte a solas, sirvo para pintar tu cara con pintura de dedos, para perderme en ti, para quedarme dormida gracias a la nana que me canta tu pecho, para comprarte batido de vainilla o hacer tiramisú y transportarte en nuestra burbuja personal a visitar uno de los mejores atardeceres junto al mar, y para pasear de mano sólo si vamos caminando por la playa, para deformar las nubes sobre nuestras cabezas, para mirarte a los ojos muy de cerca y convertirnos en un único unicornio. Sirvo para enseñarte rituales para poder lanzar al agua anhelos propios y hacerlos realidad, y trazar un círculo muy pequeño entre tu signo y el mío, allá en el firmamento, y liberar a Orión y devolverlo a su Artemisa que en ningún momento quiso enviarlo al cielo. Sirvo para contarte teorías cada vez más locas, para desatar tormentas y vendavales si sabes darle rienda suelta a mis instintos, sirvo para prometerte esta noche, las dos próximas horas, para empezar hoy aquí contigo un amor eterno de dos días y renovar licencia de explotación si a su término aún nos queda amor pendiente de hacer o labios a punto de besar. Pero nunca tuve el tiempo suficiente de mostrártelo a ti ni a nadie, porque siempre espero que los demás digan lo que sienten e intento no decirlo ni hablarlo, porque yo no sirvo para nada de eso.

Sólo hay una cosa que tengo clara: sirvo para quererte, sin decírtelo nunca, más de lo que nadie te pudo querer, pero nunca me oirás reconocerlo en voz alta porque, la mayor parte de las veces, ni siquiera me doy cuenta de que está sucediendo, o quizás sí, y por eso, por miedo, prefiero callar.

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viernes, mayo 22, 2009

Las niñas buenas

Las niñas buenas van al cielo, o eso dicen. Yo no quiero ir al cielo. ¿Para qué? La vida ya es bastante dura como para tener que seguir viviendo una vez que consigues terminarla. Así que no tengo que ser buena.

Puedo ser todo lo mala que me apetezca ser, y sé además que así te vas a mantener a mi lado. Trátales como a perros y como perros te seguirán. Esa es la única norma, ¿no? He decidido que voy a follarte sólo cuando me apetezca, como me apetezca y donde me apetezca. Y quiero que me sorprendas, que consigas despertar en mí interés, porque no hay nada más fácil para mí que hacer borrón y cuenta nueva.

¿Jugar conmigo? Que ni se te ocurra. Tenerme como amiga o como amante puede ser para ti la mayor ventaja, no voy a hacerte trizas mientras me sirvas para algo, sea lo que sea. Pero ni siquiera te plantees alguna vez arriesgarte y ponerte del otro lado porque te aseguro que no me verás bien desde tu posición. Como enemiga no existo, no me verás, no me sentirás, no me olerás, pero notarás como tu mundo se va pudriendo poco a poco.

Aprendí de pequeña que un rumor y una mentira en el momento adecuado a la persona adecuada, pueden arruinar la vida de muchas otras, que no duelen más los puñetazos en la cara que los sablazos o la desconfianza de los que te rodean. Puedo hacer que te sientas mal por no haber felicitado por su cumpleaños a la persona a la que siempre odiaste y lo puedo hacer porque ya lo hice antes. Y eso sería sólo el principio.

Así que déjate de gilipolleces, de miedos y de excusas, y vuelve a sentarte en esta cama hasta que consigas con tu lengua que hoy pueda viajar a cualquier otro lado, o vente conmigo, que me han dicho que las niñas malas van a todas partes.


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lunes, mayo 18, 2009

La medida del sexo

El sexo no se mide en besos, ni en cajones de caricias, ni en orgasmos, ni en poemas susurrados, ni en sábanas, ni en huracanes de deseo, ni en resquicios de placer, ni en amor. El sexo se mide en momentos que te dejan sin respiración, en esos cosquilleos que te recorren la espalda de forma inesperada y se quedan grabados en la memoria.

De mis pasiones sólo recuerdo eso, el cosquilleo y la falta de aire, como un latigazo que marca el camino y se te graba junto a los lunares de la piel.

La medida de nuestro sexo no se mide en el calor de la habitación el pasado verano en una isla con los mejores atardeceres del mundo, ni en el par de horas que pasamos hablando para darnos cuenta de que sólo queríamos terminar a mordiscos, ni siquiera en el abrazo de amanecida con las respiraciones ya calmadas.

La medida de aquella noche no la pongo en duda. Aquella noche se mide por el cosquilleo que subió por mi espalda con el roce de tu piel en mis muslos mientras te deshacías despacio de mis pantalones, junto a la ventana, donde las luces del alba marcaban, colaborando con las persianas, un jersey a rayas sobre tu pecho. Y el latigazo, la falta de respiración y los tobillos que fallan y la falta de fuerza, y el dejarse llevar, y el cosquilleo.


Nuestra noche fue una de esas que nunca se repiten, noches de desahogo, historias puente, pasión y... (no, desenfreno, no) cosquilleo. Pero ahora, diez meses después, haciendo memoria, intento recordar los mejores momentos, medir el sexo como quien pesa un kilo de azúcar, y entre mis recuerdos se cuelan esas manos sobre mi cuerpo, ese segundo, ese cosquilleo...


... y siento como aún me sube por la espalda, el recuerdo.


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lunes, mayo 04, 2009

Lunes especial

Desde el día que conocimos, hablabas de ellas continuamente. Supongo que me acostumbre a que me enseñaras sus fotos y me explicaras cómo habías mejorado los montajes. Cuando el tiempo pasó no comencé a llevarlo mejor. De repente su nombre me provocaba un dolor en las costillas, como una de esas patadas que alguien que te golpean en medio de una pelea y no sabes muy bien de dónde viene, ni quién es su autor pero que te destrozan el cuerpo y te llegan tan adentro que parece que te hayan clavado una lanza. Ellas ocupaban mucho más de tu tiempo que todos nuestros encuentros en la playa o nuestros helados compartidos o los inviernos que pasamos en la casa de tus padres en el campo. Pero ellas eran "especiales", yo no.

Y eso lo cambiaba todo, cambiaba los nombres de las calles, los sueños de los niños, el vuelo de los pájaros y las gaviotas cayendo en picado contra las olas, como esos fundidos en negro de las películas que se alargan demasiado y cuando vuelve la luz el mundo ha cambiado y los personajes han desaparecido de la escena. Ellas no provocaban fundidos en negro, yo era lo que aparecía después de los fundidos, ese paisaje y esa escena que no te desagrada pero te incomoda porque no era exactamente lo que esperabas ver y porque sustituye a los protagonistas que aparecían justo antes de que la sala se tiñera de negro. Con el tiempo descubrí que eran "especiales" precisamente porque no estaban ahí, en cierto sentido no existían, ni vivían en las inmediaciones de tu casa, ni podían acariciar tu pelo mientras compartían contigo una película de madrugada, ni podían pasear por la calle a tu lado.

Y decidí marcharme, convertirme en una de esas chicas "especiales" que vagan por el mundo, dejando tras de sí a chicos que se acuerdan de ellas como si recordaran su mejor juego en la infancia, ese gol que les hizo sentirse importantes en la escuela primaria y los cotilleos de las niñas para discutir quién los invitaría al baile -o quien no- y aquí sigo, lejos, vagando, viviendo, sintiendo y descubriendo, al fin, que las "especiales" siempre son otras.

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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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Ellos me contaron que...

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