La medida del sexo
El sexo no se mide en besos, ni en cajones de caricias, ni en orgasmos, ni en poemas susurrados, ni en sábanas, ni en huracanes de deseo, ni en resquicios de placer, ni en amor. El sexo se mide en momentos que te dejan sin respiración, en esos cosquilleos que te recorren la espalda de forma inesperada y se quedan grabados en la memoria.
De mis pasiones sólo recuerdo eso, el cosquilleo y la falta de aire, como un latigazo que marca el camino y se te graba junto a los lunares de la piel.
La medida de nuestro sexo no se mide en el calor de la habitación el pasado verano en una isla con los mejores atardeceres del mundo, ni en el par de horas que pasamos hablando para darnos cuenta de que sólo queríamos terminar a mordiscos, ni siquiera en el abrazo de amanecida con las respiraciones ya calmadas.
La medida de aquella noche no la pongo en duda. Aquella noche se mide por el cosquilleo que subió por mi espalda con el roce de tu piel en mis muslos mientras te deshacías despacio de mis pantalones, junto a la ventana, donde las luces del alba marcaban, colaborando con las persianas, un jersey a rayas sobre tu pecho. Y el latigazo, la falta de respiración y los tobillos que fallan y la falta de fuerza, y el dejarse llevar, y el cosquilleo.
Nuestra noche fue una de esas que nunca se repiten, noches de desahogo, historias puente, pasión y... (no, desenfreno, no) cosquilleo. Pero ahora, diez meses después, haciendo memoria, intento recordar los mejores momentos, medir el sexo como quien pesa un kilo de azúcar, y entre mis recuerdos se cuelan esas manos sobre mi cuerpo, ese segundo, ese cosquilleo...
