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lunes, diciembre 26, 2011

Desesperación

Me desespero. O no sé si a esto se le puede llamar desesperación o indecisión. Es la vuelta a la situación de siempre. Miedo, demasiado miedo. Miedo a lo desconocido, miedo al fracaso, a estarme equivocando, a que cualquier reacción hacia adelante haga cambiar el status quo éste en el que vivimos, en el que ninguno de los dos es infeliz, pero tampoco completamente feliz. Y en el fondo no es más que eso, miedo a entregarse del todo, miedo a reconocer que quizás estaría dispuesta a darlo todo, a cambiar de vida, de ciudad, de sueños por saber qué es esto que me sube por el estómago y se me clava en medio del pecho y hace que me cueste respirar, miedo a arriesgarse. Pero, ¿no he vivido ya antes esta historia? ¿No he creído estar enamorándome de ti una y otra vez durante los últimos dos años? A veces me pregunto si no lo habré estado siempre, enamorada digo. Ahí, en el fondo, como esos instintos que no sabemos que existen, pero que quedan muy adentro y aparecen cuando una menos se lo espera, que reaccionan ante momentos de la vida, ¿y no será ésta una de esas reacciones incontroladas? Un impulso hacia adelante, hacia algo que llevamos tiempo intentando ocultar, pero aún más tiempo intentando entender. Un impulso o una explicación a los últimos dos años, a la relación que nos ha unido o desunido durante este tiempo, a esa relación que ni tú ni yo ni nadie entenderá nunca, aunque en el fondo sienta que las relaciones no se entienden, se viven. Creo que es justo eso lo que hemos hecho, vivir, a pesar, por ella y también a parte de ella. De la relación, digo, o de lo que sea que es esto o aquello que vivimos.

De repente suena ese bip del teléfono, y es pronto, quizás demasiado pronto o demasiado tarde para estar en la cama. Y te leo entre las letras de una canción, te leo entre sus líneas y aunque no quiera creerlo sé que esos versos son mucho más que unos acordes sueltos, que no están elegidos al azar, que son las 9.30 de la mañana y que hay cientos de personas a las que podías habérselos enviado. Y me quedo enganchada a él, al mensaje digo, porque no sé cómo reaccionar al mismo, ni cuál es el paso que esperas que dé, si es que esperas alguno.

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lunes, julio 04, 2011

Huir

Y escapar, y marcharse lejos, muy lejos, donde el dolor y la inconsciencia no hagan mella, donde las lágrimas no existan, donde esta habitación sea un lugar más pequeño, más acogedor, menos vacío, donde esperan los sueños, donde aguarda la esperanza, donde no quede nada, de nada, sólo blanco, yo lo estropeé y ahora tengo que arreglarlo, sólo el mundo y yo. Por fin.

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HOY

Hoy tu imagen me recuerda mis miedos,
y la vergüenza no me deja ni opinar,
sé que se me fue la mano pidiendo besos,
buscaba un abrazo, una sonrisa sincera, quizás un me da igual.

Hoy me falta todo lo que nos unía,
me arrancaron el cariño y la amistad,
y aunque sé que toca asumir culpas,
me siento perdida, me veo indefensa, con otro final.

Y se me escapan los jirones de esas noches,
se me olvida que te quise de verdad,
sé que quizás no elegí mi mejor cara,
me busqué la excusa perfecta para dejarlo atrás,
la frase adecuada que cerrara mis puertas
para renunciar a tu risa en mi cuello, a tu alegría al hablar.

Hoy recuerdo tu imagen borrosa,
y entiendo que fui yo quien la inventó,
sé que necesitaba un personaje de cuento,
un caballero sin sueño, un galán de sofá, quizás un don juan.

Hoy soy yo más dos inviernos,
un verano que se resiste a llegar,
sé que me falta valor y me sobra miedo,
unas alas sin motor, un impulso, un dejar de idealizar.



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sábado, junio 25, 2011

Un poco de azúcar

El calor que entra por la ventana es tan pegajoso que tu presencia aquí, junto a mí, en mi cama, me resulta de todo menos agradable. Noto tu respiración que no me deja dormir y tu aliento en mi nuca que convierte este bochorno en algo más insoportable si cabe. Se supone que estoy enamorada de ti, o eso dicen, pero no encuentro los motivos para tener que soportarte día a día, ni el resto de mi vida, ni los próximos cinco meses. Me sobran, sin embargo, los motivos para dejarte marchar, o para echarte de mi casa (y de mi cama) si fuera necesario.

Me cansa tu manera de pensar en esta relación como una forma de incrementar tu ego, sin ver más allá, sin ser capaz de entender cuánto supone, cuánto cambia, cuánto se siente. Me irrita tu desesperación por ponerle nombre a las cosas, por cerrarlas, enjaular los sentimientos, como si se pudiera, como si sentir fuera algo medible, como si el amor pudiera decidirse, como si pudiera pesarse como se pesan 150 kg de azúcar.

Azúcar también te faltó siempre, el suficiente dulce como para mirarme a los ojos mientras me haces el amor y y sonreír como si nada más en el mundo fuera necesario, y lo bastante como para escribir nuestros nombres en un trozo de pizza, comprar un pastel con "nuestra primera casa juntos" de sabor a chocholate, enseñarme el funcionamiento de las cámaras de vídeo con un agujero de tu ventana que reproduce en la pared de tu habitación todo lo que sucede en un parque cercano, te falta el dulce que da el vino compartido en baños de espuma, el suficiente dulce para tirar abajo todas estas barreras defensivas que antepongo entre tus manos sudorosas y mi piel, castigada por el desengaño de los espejismos en el desierto.

Era fácil. Era lógico que después de tantos años de camino sobre las dunas, con apenas unas migajas de pan y un poco de agua para calmar la sed, aparecieras ante mí, como tantos otros espejismos que nublan la razón y enloquecen el alma. Y ahora, después de haberte traído hasta mi casa, me descubro engañada, ilusa, esperando que despiertes y te des cuenta de todo aquello que estás a punto de perder. Esperando que no pienses que ésta es sólo una noche más que pasamos juntos, sino que seas consciente de que es posiblemente la última noche. El calor aprieta y esta cama no es lo bastante grande para albergar esperanzas amargas. Llevo demasiado tiempo guardando toneladas de azúcar para repartir. Nunca podré decir que no lo he intentado, pero tu sabor no casa con el azúcar como no lo hacen los buenos caldos, que tampoco casan con el verano.

Quizás hay historias que sólo pueden durar un invierno. Yo, después de tanto espejismo, vuelvo a preferir las historias de verano, a la larga, siempre son mucho más dulces, como los helados que las acompañan.

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viernes, abril 01, 2011

(sin título)

Hay cosas que siempre terminan cambiado, y mucho. Por suerte.

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jueves, marzo 10, 2011

Y así terminan los cuentos

Y así terminan los cuentos, sin colorines ni colorados, ni siquiera un beso triste del protagonista en los labios de su amada muerta, ni siquiera un seamos amigos, te voy a presentar al chico del que me he enamorado, ni siquiera un eres especial y lo serás siempre. ¿Dónde quedaron los te prefiero como amiga que ahora tanto añoro?

Llueve. Y lo escucho caer sobre los cristales de mi habitación y tu ausencia se hace aún más grande y más amarga y llega un momento en el que el dolor duele tan poco que lo prefiero ante tanto mar de dudas y de historias sin acabar. Llueve y sé que, aunque al otro lado de la pantalla me dibujen sonrisas varias, este chocolate caliente lo estoy tomando sola. Chocalate hirviendo, manta y peli para las tardes de domingo en mi zona horaria.

Llueve y aunque no la conozco, su risa en tu espalda llega a mí saltando de gota en gota, la imagino mecida en tus brazos, aprovechando aquellos abrazos que yo sacrifiqué, sonriendo con esos besos que eran como un baño de agua caliente. Y espuma. Es difícil aprender a valorar un abrazo, a saber cuáles te suman, cuáles te restan, cuáles debes conservar para siempre a tu lado, pero una se cansa.

Se cansa de salir corriendo bajo la lluvia a buscarte cuando nada sale bien, se cansa de ser heroína, de mendigar abrazos que no se sabe si llegarán, de estar y no ser, de esperar, de modificar el rumbo, de... una se cansa de vivir cansada, sin aire.

Llueve y reconstruyo poco a poco mis pedazos, pedazos de mí, de ti, de él, de un mundo que se desmorona a mi lado, mientras me alegro de haber pasado lo peor, de reconocer -y asumir- que jamás conseguí de ti ese deseo que te transmite su pelo, sus besos, que mi sensualidad debí guardármela para otros, que probablemente tú nunca la viste. O nunca te la mostré. Me alegro de saber que hoy estoy aquí, en la caseta número quince, duna 7, esquina el mar, que este es mi lugar y que no voy a moverme.

Los malos de los cuentos, esos que me miran a los ojos desafiantes para que sepas que van a besarte, también suelen pasarse por aquí, airados por tanta princesa soñadora que no les haga ni caso, hartos de todas esas que luego lloran por las esquinas con sus príncipes rana. Y así terminan los cuentos.

A mí, que vengan a buscarme, si quieren.

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jueves, marzo 03, 2011

Y hoy que sé que no volverás

Se me encoge el estómago al recordar la timidez con la que nos encontramos después de nuestra primera noche. No sabíamos de qué hablar, llovía y ninguno de los dos se atrevía a hablar de lo que había sucedido. Pero yo era capaz de verlo, en tu sonrisa, esa que ahora tanto añoro, veía la mía reflejada y sabía que los dos pensábamos lo mismo, sentía el cosquilleo de tu estómago intentando acallar el mío y el "parecemos dos niños". Ese quiero besarla y no sé si está pensando lo mismo, aunque en el fondo sabíamos que lo pensaba.

Mi tiempo ahora se ha quedado ahí, en ese momento en el que todo parece perfecto, y llueve, y no importa que llueva, y te apetece perder el tiempo bajo la lluvia, y tampoco importa perderlo.

Otras veces prefiero pararme un poco más adelante, en el día en el que dejaste de fumar y me abrazaste con fuerza en la cama, me miraste a los ojos, muy muy cerca y preguntaste ¿a qué huelo? Hueles a champú de frutas y a dulce y a esta suerte de costumbre que ha surgido tras muchos momentos de pasión desenfrenada, a estas risas bajo las sábanas, a estas cosquillas, a este apoyar mi cabeza en tu hombro para ver juntos el último capítulo de nuestra serie preferida. Esta serenidad de la que siempre hui y que ahora tanto necesito.

Es entonces cuando me doy cuenta de que casi llevabas la misma sonrisa, el mismo cosquilleo, la misma timidez, la misma que marcaban mis sonrisas y mis guiños porque hay muchas primeras veces que te pillan por sorpresa y sin escudo y te dejan con la misma cara. Y la lluvia. También llovía entonces, como hoy.

Y hoy que sé que no volverás, te echo de menos, y es un "de menos" que debería ser "de más", me sobran los recuerdos y me pesa la losa del telón que marca el fin, ese que cae sobre los teatros aún cuando sabes que a la historia le queda mucho por contar.


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sábado, diciembre 11, 2010

¿Sabías que...

... uno puede pasar de la tristeza a la alegría y de la alegría a la tristeza así? ¿cómo por arte de magia? Como los pétalos que caen al suelo y desaparecen y vuelven a caer y el viento se los lleva de nuevo y es entonces cuando ya han caído todos, cuando te das cuenta de verdad que la rosa se ha quedado sin flores, vacía por dentro y por fuera, después de la tormenta.

A veces, basta un poco de sol y agua, para que esos tallos ahora vacíos vuelvan a florecer, a veces se necesita un poco de atención, cuidados y mimos, para que la flor aparezca mucho antes de lo esperado adelantándose a la próxima primavera. Otras veces... no queda más remedio que esperar a que el ciclo de la vida siga su curso.

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lunes, noviembre 01, 2010

Expediente 2712

A Silvia la encontraron desnuda, tendida sobre una hamaca en la terraza. No presentaba signos de violencia, sonreía, como sonríen los que se saben ya víctimas de su futuro, tanto como lo son de su pasado.

Aún caían por su pecho, algunas gotas que se deslizaban desde su pelo, mojado, que mantenía ese olor a cloro que desprenden las piscinas en verano, parecía que aún dormía cuando pasaron los forenses, cuando recogieron todas y cada una de los posibles indicios que explicaran su muerte.

Y mientras ella sonreía, muerta, tendida, dormida, su cuerpo tostado por el sol parecía desafiar el blanco de la hamaca y los rayos de sol marcaban el contorno de su piel, de dorado, casi como las princesas de cuento.

A Silvia nunca le gustó estar vestida en casa, se paseaba coqueta de habitación en habitación, mientras bebía una cerveza que acaba de sacar del congelador y te miraba de arriba a abajo dando a entender que estarías mucho mejor sin ropa, como todos.

Morir allí sobre la hamaca y desnuda, no era algo inesperado, y tenía tanto de provocación como la sonrisa que se dibujaba en su cara, tanto, que a veces nos planteamos, si no lo tendría todo pensado desde el principio, como un reloj, una cuenta atrás imposible de parar, una bomba de relojería que marcaría nuestras vidas para siempre.

A Silvia la encontraron llevando tan sólo dos pendientes, ninguno igual al otro. En la oreja derecha un signo de interrogación, enorme, desafiante, de color negro, adornaba el lóbulo y caía sobre su hombro con brusquedad, en el izquierdo una silueta gris, aparentemente de una chica, alta y flaca, con el pelo rizado, casi tan largo como el otro pendiente, pero mucho menos pesado.

Tampoco eso nos pareció inesperado. A Silvia siempre le gustaron los acertijos.

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viernes, octubre 15, 2010

Mares de sabiduría

Lo que escucho desde aquí es el sonido del mar como todas las mañanas desde hace años, invariable, pero tranquilizador como siempre, con el sonido capaz de adormecer y de cambiar escenas.

Este mar lleva años ayudándome a cambiar las mías, una ola y fundido a blanco, un paseo por la arena, música fade in y cortinilla, un atardecer, primer plano del sol, fundido en blanco, y los créditos que no llegan aún, la vida que sigue.

Lo que escucho desde aquí es la sinrazón de las horas perdidas, junto al camino, esperando una vida que no terminaba de llegar, es la tristeza del tiempo empleado en esperar sin vivir, en esperar soñando con no soñar, es la verdad, es lo que he estado haciendo durante meses, quizás años, ¿se puede ser más tonta?

Este mar me recuerda a mis miedos, a los que siempre me dejo dentro, aquellos de los que me desnudo poco a poco con cada ola, aquellos que la vida me obliga a vestir al salir, cuando el mar se aleja de mis pasos tanto como el tiempo bien empleado.

¿Cuántos besos me habré perdido en el camino? ¿Cuántos sueños? ¿Cuántas sonrisas y cuántos abrazos? Lo que escucho es el mar que grita, que se rebela, que me pide a gritos que me desnude, que me deje arrastrar, que me sumerja como antaño, que me deje curar una a una las heridas, que cicatricen los golpes y que renazca nueva y vacía, vacía de reparos, de máscaras, de barreras invisibles pero infranqueables y que me llene de vida, que merece la pena.

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domingo, octubre 10, 2010

Seamos sinceros

Mi boca roza la piel bajo tu piel, como esos domingos lluviosos, como esos sábados de sabor a cine y a roscas* y a citas de adolescentes. Es la piel que queda cuando nos destapamos las sonrisas, cuando el agua de la lluvia se lleva los miedos, las máscaras, el sueño, cuando se lleva lo que no somos y lo que volvimos a ser tras nuestro último encuentro. Es la piel que se guardó los sueños y los enterró a conciencia, bajo las terminaciones nerviosas que marcaron nuestras conversaciones, bajo ese sí y ese no, y ese beso robado al aire. Es la piel que se quedó bajo la espuma, bajo las velas, bajo todos los barcos capitaneados por Garfio y los milllones de lagos que colorean Canadá de azul, de violeta, de mango. ¿Y puede el mango robarle el sabor a un plato de pollo al curry? ¿Puede la vida cambiar tanto con dos suspiros, uno tuyo y otro mío? Seamos sinceros, necesito dos tonterías, compañía y abrazos, como el resto de los mortales.

*En Gran Canaria se llama así a las palomitas de maíz.

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domingo, enero 24, 2010

30 cosas sobre mí

A veces, nos damos cuenta de que ni siquiera la gente que nos rodea sabe algunas cosas sobre nosotros mismos, a veces algunos saben unas cosas y otros algunas otras, y además hay muchas cosas que no nos atrevemos a decir a nadie, y otras tantas que decimos demasiado.

Todo eso que llevo dentro sale a la luz en este pequeño resumen, eso sí, el mar y los girasoles los he dejado fuera, creo que su influencia es demasiado obvia en Érase una vez el caos.



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lunes, diciembre 21, 2009

365 palabras para 365 días

Este año, cuando comenzó, vino con un pan bajo el brazo, un pan de esos que te aportan la energía suficiente para seguir adelante durante doce largos meses, un pan de esos que te ofrecen en la sala de espera en la que has estado durante años y en la que conoces a otras personas que como tú han estado esperando su momento y a las que irremediablemente echarás de menos.

Ese pan fue el alimento diario para esta montaña rusa que comenzó con la creación de más de mil grullas que exige la tradición japonesa para poder pedir que se cumplieran mis sueños, más de mil grullas que me llevaron a ver mis escritos al otro lado del Atlántico, a filmar con mayor o menor acierto todo lo que encontré a mi paso, y a volar por primera vez como una verdadera abeja reina, sin prejuicios, sin remordimientos, a dejarme llevar más allá de mis límites y a traer de vuelta a mi vida a aquella niña que aún se permitía soñar.

"Siento que el 2009 va a ser un año en el que nos pasarán cosas importantes", fue la profecía de una pequeña bruja que me visita en ocasiones. Y así ha sido. Ha sido el año del aprendizaje, del autoconocimiento, de bordear los límites, de superar los errores y sobrellevar algunas pérdidas -una vez más-, el año de aprender a dejarse llevar -y de todo el esfuerzo que eso supuso-, para que la vida pudiera acercarme a todo lo que realmente estaba esperando.

Y lo que parece un final, un final de año, de ciclo, quizás de ciudad, no debería ser más que un alto en el camino, una parada para coger aire y recuperar lo conseguido durante el último año, lo avanzado. Pero como cada año, nuestro calendario anual culmina a las puertas del invierno, que este año parece mucho menos frío, que parece por primera vez en mucho tiempo, un buen invierno, quizás porque tú estás aquí, porque has llegado y nunca es tarde para hacerte un hueco en el nuevo año que comienza, si te apetece quedarte, y porque pase lo que pase, todo va a salir bien.


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miércoles, noviembre 11, 2009

Íntimo y personal

En el lugar del que vengo las nubes, que nos visitan sólo de vez en cuando, no miden más del equivalente al uno cincuenta de la medida de la altitud. Son nubes bajas, ínfimas comparadas con sus primas madrileñas, y han aprendido el arte de disfrutar de las cosquillas de los pinos en el vientre y del eco de la música de taifas que desciende por los barrancos.

Allí basta con elegir un avión al que le guste volar más o menos alto para atravesar el manto de nubes por el hueco de algún ombligo y tenderse a coger el sol a temperaturas de más de 25 grados centígrados sobre la alfombra rosada que surge de los rayos de sol que se entretienen jugando con ellas.

En el lugar del que vengo los peces juegan a deslizarse entre los pies, huyen de los niños traviesos, buscan trocitos de pan escondidos entre los dedos y bajos las uñas y se escabullen, como en todas partes, cuando vislumbran alguna red que se empeña en darles caza.

Allí, en ese mismo lugar, el mar frío y seductor acaricia los cuerpos desnudos y se deleita con enamorados que hacen el amor en pleno día bajo sus aguas. Ese mismo mar es torbellino, ira, corrientes, temor y olas de más de cinco metros de altura y cobra intensidad cuando llegan las mareas del pino, pero es también calma, tranquilidad, sosiego, paz, serenidad y anestesia.

En el lugar en el que nací las gentes son amables, sonrientes y deambulan con vientos calmos, no precisan de citas prefijadas ni huecos en la agenda, rehuyen las histerias estresantes, gustan de vestir ropas tradicionales en el rememorar y en la melancolía o la locura que se desata en sus variadas fiestas, y despliegan raudales de creatividad, originalidad, habilidad y fantasía en la confección de las vestimentas correctas para dejar de ser ellos mismos durante unas cuantas semanas al año.

Allí, en el lugar en el que me crié, las chicas son altas y guapas, tienen la tez dorada por el sol y la suavidad de los alimentos de la tierra en el rosado de sus mejillas, miran a los ojos con dulzura, a través de unas pupilas color miel y los reflejos dorados que el sol y el mar han pintado el los mechones de su pelo. Ellas llevan la gracia de sus gentes guardada en los hoyuelos de la sonrisa, la talla media de sus sostenes supera la media nacional y disfrutan, mucho más que la mayoría, de la ropa interior alegre y colorida, según las declaraciones de la responsable de una conocida franquicia comercial.

Las chicas del lugar del que vengo, se sientan a mi lado en el avión cuando vuelvo de visitar mi entrañable continente en miniatura y me recuerdan que lo único que anula mi pasado tropical es no parecerme a ellas ni una pizca. ¡Qué asco de féminas!

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jueves, mayo 07, 2009

Sinestesia

Se acerca una época de cambios. Érase una vez el caos... está preparando una pequeña renovación. Yo, mis duendes, mis girasoles y mis estrellas no nos vamos a ninguna parte, pero si necesitábamos un corte de pelo para adaptarnos a los nuevos tiempos. A ver qué les parece a ustedes, que son los verdaderos destinatarios de todo lo que sucede aquí, en medio del caos.

Pero aún queda un tiempo para eso. Y mientras tanto quería presentar por fin a mi otro yo. Para todos aquellos que no me conozcan personalmente, a lo mejor les interesa saber (o a lo mejor no, quién sabe) que soy periodista y además de escribir mis cuentos, poemas o reflexiones en este blog también dedico mi tiempo a escribir de vez en cuando en Sinestesia (http://www.daviniasuarez.com/).

Sinestesia pretende ser un blog de actualidad, pero no de la actualidad que marcan los periódicos sino de mi propia actualidad. Sinestesia es la capacidad que tienen algunas personas para percibir a través de sentidos diferentes a los habituales (escuchar colores, ver sonidos o emociones, saborear palabras, etc.). Mi blog pretende ser una visita a todo eso a lo que podemos llegar a través de nuestros sentidos, a todo aquello que puede emocionarnos, sorprendernos, maravillarnos, todo aquello que influye en nuestra relación con los demás, y todo aquello a través de lo que aprendemos, nos informamos, crecemos o vivimos. Sinestesia es mi relación plurisensorial y multimedia con el mundo. Y espero que puedan disfrutarla.

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lunes, marzo 23, 2009

Triangulo del arte

A veces toca hacer un poco de autopromoción. Y éste es uno de esos momentos.

Como no tengo ya pocas cosas en las que participar, he decidido comenzar junto a algunos compañeros de historias un nuevo blog. Sí, sí, otro, por si alguien no tenía ya bastante con soportarme por Érase, ahora Alnitak por partida doble.

El blog se llama Triángulo del arte (sí, como la zona de Madrid) e intenta imitar la vida en una residencia virtual en la que viven, por ahora, siete personajes. Cada participante está encargado de escribir algo así como el "diario" de un personaje y contar cosas sobre su vida en la residencia o sus opiniones, etc.

Estamos empezando así que el blog está "en pañales" y todavía no tiene una historia demasiado formada, pero esperemos que comience a tener una coherencia fuerte entre los personajes y su historia común en cuanto le cojamos el truco a los personajes.

Sobra decir que no les voy a decir cuál es mi personaje (él o ella), aunque supongo que para los que me leen en Érase una vez el caos... no será muy complicado reconocer mis letras.

Espero que les guste.

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lunes, diciembre 08, 2008

Definir el 33 en más de 33 palabras

Hay días y momentos que se quedan grabados en la memoria para siempre. El sábado por la noche recibí el Dragón de oro al mejor uso de la palabra por este Blog (o eso creo que entendí) y aunque debería sentirme profundamente orgullosa por ello, pienso que de todo los sentimientos a flor de piel que tuve, éste fue quizás el menos importante.
Aún tengo una sonrisa de oreja a oreja, unas ganas locas de continuar bailando, abrazando, besando, sacando fotos y diciéndoles a todos esos personajillos que su influencia en mi vida está siendo tan fuerte que probablemente el tiempo nunca pueda borrarla.
Hoy puedo decir que soy feliz, que nadie podrá borrarme la sonrisa y que estás lágrimas, sí, sí, estás que manchan el papel sobre el que escribo, son lágrimas de alegría, de sincera gratitud y de sentirme afortunada por haberlos conocido a todos y cada uno de ustedes.
Hoy puedo decir que el sábado por la noche quería que no amaneciera nunca y por eso mi energía seguía intacta cuando ya todos estábamos comiendo churros, puedo decir, que aún hoy, siento que estoy allí junto a ustedes, comiendo angelotis y solomillo, aplaudiendo, cantando y riendo, y hoy también puedo decir que fue una de esas noches que unen para siempre (incluso a aquellos a los que se echó de menos).
No hace falta que les dé las gracias por el día 6, ni que los felicite porque tengo toda la vida por delante para hacerlo, no hace falta que hoy me esfuerce en darle coherencia y cohesión a este texto porque supongo que con o sin ella los sentimientos vamos a vivirlos igual, no hace falta que intente recordar los momentos vividos porque los tengo grabados a fuego en el corazón.
Me llevo (aunque no me vaya) conmigo la teoría de la Inercia (de la que pienso ser máxima seguidora), me llevo algunos amarillos de los que se quedan, me llevo un par de besos locos en una noche aún más loca y un montón de abrazos sinceros, me llevo un mensaje de espero que estés bien y el accidente no te haya afectado de un móvil que ni siquiera tenía, me llevo la esperanza de compartir redacción con alguien a quien me apetece conocer mejor, me llevo la altura de miras de quien ha sido mi descubrimiento del año, me llevo a Lola que se ha ganado con razones un huequecito en mi corazón, me llevo a las lágrimas menos esperadas desde el otro lado de la mesa, me llevo un agenda llena de citas pendientes para ver películas extrañas (o no) pero siempre subtituladas, me llevo esa cerveza en la noche Blanca y las fotos y risas tras las cámaras de plató, me llevo un par de abrazos robados de esos que llegan muy adentro y el positivismo de una que viajó un domingo conmigo al mundo y ahora se va a recorrerlo, me llevo la vida que surge por todos los poros de la piel y se transmite a bocanadas de sonrisas en llamadas de "¿nos vamos juntas de viaje? Lo tengo todo mirado.", me llevo una visita pendiente a un lugar de Castilla y un par de cafés con risas, me llevo la sinceridad y el buen hacer televisivo de un grande por fuera y por dentro, me llevo la voz de las ondas y me llevo a la maritere que me enseñó que la vida está ahí fuera esperándome y que terminó besando (sin alcohol) a cantautores por los que todas suspirábamos, me llevo los besos que nunca nos dimos, los mensajes de te echo de menos a las tantas de la mañana y los paseos por Madrid escuchándonos decir: yo pienso así, y ya sé que tú todo lo contrario, me los llevo a todos tatuados en la piel para que me cueste mucho olvidar porque no quiero hacerlo.
Un año y dos meses que han dado mucho de sí, un año y dos meses que aún tienen mucho que dar, un año y dos meses que se quedan grabados para siempre, y una semana que se ha convertido en la mejor del año: una beca, la llegada de mis niñas y sentir que todo sigue igual y luego ustedes. Como ya les dije a ellas, si la amistad es de verdad, no importa cuánto tiempo pasemos sin vernos o sin hablar, los encuentros siempre serán como los de este sábado.
Hoy puedo decir que me duelen las mejillas de reír y de sonreír pero no me importa y que ojalá esta sensación de estar flotando dure mucho, mucho.

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martes, diciembre 02, 2008

Gotitas de felicidad

Hoy, aquí, ahora, en este segundo, soy feliz.
Y sobran las palabras, porque el silencio también es imprescindible en la literatura.

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jueves, julio 31, 2008

Gravedad

A veces caes. Así sin más.

La cuerda que te sujetaba al techo se desprende y te incita a volar despacio pero de forma imparable desde tu preciosa guarida en dirección al suelo.

A veces caes y no sabes muy bien por qué caes. De repente te sorprendes en el aire, sin suelo bajo tus pies, precipitándote al vacío. Y entonces intentas aferrarte a las paredes para no seguir cayendo, y descubres que te sostienes a ratos, pero la gravedad te empuja irremediablemente hacia abajo.

A veces caes, sin preguntas, sin respuestas, sólo caes. Y rezas en silencio a ese Dios que sabes que no existe para que te deje a mano en algún lugar de la caída, un paracaídas que mitigue el golpe.


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martes, julio 15, 2008

Dos veces

Alguien me dijo que cuando algo sucedía una vez no tenía por qué volver a suceder de nuevo, pero que cuando algo sucedía dos veces, ocurriría irremediablemente una tercera.

Ayer me acerqué a escucharlos, mientras decidían cuál era la parada en la que tenían que bajarse, con el simple objetivo de jugar a identificar sus acentos, juego que adopté al regresar de tierras británicas y que se me quedó encallado en la rutina desde entonces.


Identifiqué a la chica y a uno de ellos como italianos, pero el otro acento se me resistía y se escabullía de forma maestra por el alfabeto. Levanté la mirada para completar la descripción con un aspecto físico, una marca cultural, una moda que me permitiera estructurar una identidad extranjera en tierra prohibida.

Pero no pude ir más allá, al mover la cabeza una cuchillada me atravesó el pecho y dos ojos negros como el grafito escribieron su nombre a fuego en mi piel. Ya no recuerdo que pasó después, el tiempo se detuvo durante unos segundos, minutos, quien sabe cuánto tardó el metro en llegar a la próxima parada. Me había quedado atrapada entre el ayer y el hoy, en un segundo de inconsciencia que aprovechó para marcar mi día, quizás mi semana en el calendario de la sinrazón.


Despúes me marché. Me bajé de aquel vagón y creí haberlo soñado todo, creí haber imaginado unos ojos que me miraban y un acento que nunca llegué a identificar.


Hoy me he acercado al Ayuntamiento para resolver unas cuestiones y al contrario de lo que tengo acostumbrado decidí romper con mi rutina e utilizar la guagua para llegar. Allí bajo la marquesina, sentado con la mirada perdida lo encontré a él. No lo busqué, pero simplemente estaba ahí. Aunque quizás el no era consciente de lo que estaba pasando, allí estaba, minutos antes de que la vida comenzara a girar más deprisa.


Intenté evitarlo, intenté evitar que me dejara clavada de nuevo en el sitio o que me arrastrara a un agujero negro sin salida, me coloqué detrás, donde no pudiera verme y le observé coger la guagua, mientras yo esperaba a la amiga que compartiría conmigo los quehaceres de la burocracia.


Entonces, lo recordé "nunca hay dos sin tres", había dicho aquella señora hacía ahora tres años y reí a consciencia, reí sinceramente y de verdad.


Estaba segura de que jamás volvería a verlo y me esforzaba en grabar a fuego el estremecimiento que había causado su ojos sobre mi piel, cuando volví a sentirlo. Levanté de nuevo la mirada y allí estaba él, en la puerta del Ayuntamiento, mirándome, esperando no sé qué bendición del cielo o simplemente dejando la vida (y los números del turno) pasar.


Nunca hay dos sin tres. Al final ella tenía razón, nunca hay dos sin tres, nunca. Ahora, me gustaría volver, allá a su país natal y sacarla de aquella pequeña cama para que me contara lo que sucede con el cuatro. Quizás perdí mi oportunidad al no entablar conversación en la puerta del Ayuntamiento, quizás simplemente no quise reconocer el pánico que me producen ese tipo de situaciones, quizás decidí huir, como siempre, o quizás, sólo quizás puede que nunca haya tres sin cuatro.

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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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