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jueves, marzo 10, 2011

Y así terminan los cuentos

Y así terminan los cuentos, sin colorines ni colorados, ni siquiera un beso triste del protagonista en los labios de su amada muerta, ni siquiera un seamos amigos, te voy a presentar al chico del que me he enamorado, ni siquiera un eres especial y lo serás siempre. ¿Dónde quedaron los te prefiero como amiga que ahora tanto añoro?

Llueve. Y lo escucho caer sobre los cristales de mi habitación y tu ausencia se hace aún más grande y más amarga y llega un momento en el que el dolor duele tan poco que lo prefiero ante tanto mar de dudas y de historias sin acabar. Llueve y sé que, aunque al otro lado de la pantalla me dibujen sonrisas varias, este chocolate caliente lo estoy tomando sola. Chocalate hirviendo, manta y peli para las tardes de domingo en mi zona horaria.

Llueve y aunque no la conozco, su risa en tu espalda llega a mí saltando de gota en gota, la imagino mecida en tus brazos, aprovechando aquellos abrazos que yo sacrifiqué, sonriendo con esos besos que eran como un baño de agua caliente. Y espuma. Es difícil aprender a valorar un abrazo, a saber cuáles te suman, cuáles te restan, cuáles debes conservar para siempre a tu lado, pero una se cansa.

Se cansa de salir corriendo bajo la lluvia a buscarte cuando nada sale bien, se cansa de ser heroína, de mendigar abrazos que no se sabe si llegarán, de estar y no ser, de esperar, de modificar el rumbo, de... una se cansa de vivir cansada, sin aire.

Llueve y reconstruyo poco a poco mis pedazos, pedazos de mí, de ti, de él, de un mundo que se desmorona a mi lado, mientras me alegro de haber pasado lo peor, de reconocer -y asumir- que jamás conseguí de ti ese deseo que te transmite su pelo, sus besos, que mi sensualidad debí guardármela para otros, que probablemente tú nunca la viste. O nunca te la mostré. Me alegro de saber que hoy estoy aquí, en la caseta número quince, duna 7, esquina el mar, que este es mi lugar y que no voy a moverme.

Los malos de los cuentos, esos que me miran a los ojos desafiantes para que sepas que van a besarte, también suelen pasarse por aquí, airados por tanta princesa soñadora que no les haga ni caso, hartos de todas esas que luego lloran por las esquinas con sus príncipes rana. Y así terminan los cuentos.

A mí, que vengan a buscarme, si quieren.

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domingo, diciembre 05, 2010

Ser Superwoman no es tan sencillo

Ellas también lloran, a escondidas, aprovechan cuando pasa alguna brisa para hacer creer al mundo que se les ha metido algo en un ojo.

Ellas también necesitan mimos, aunque nunca sean capaces de pedirlos, ni de reconocer que los necesitan.
Ellas también se cansan, estar de guardia 24 horas al día, para cualquier imprevisto que ocurra, cansa, dormir con un ojo abierto y otro cerrado también cansa.

Ellas son capaces de hacer varias cosas a la vez, de estar atentas a cualquier suceso, a la vez pendientes de cómo se encuentran sus amigos, de responder al teléfono, de escuchar la radio, de saber la última hora y consolar a un señor que llora, pero no siempre, 24/7 es demasiado incluso para ellas, pero la gente se mal acostumbra, los errores no se perdonan.

Ellas también sienten, también aman, también sienten cosquilleos, se apasionan, desean, besan, y todo eso sin perder la compostura y sin bajar la guardia.

Ellas también tienen dudas, también se confunden y a veces incluso pierden el norte, en el fondo aunque no lo parezcan también son humanas.

Ellas también ríen, y se comportan como niñas traviesas y juegan, y a veces se emborrachan, y a veces pierden la compostura y bailan desnudas por la calle y pasean agarradas a la mano de alguien por la playa.

Ellas también tienen miedo, a veces incluso mucho miedo, pero jamás lo mostrarán en público, lo impide el código de la profesión, pero a veces en la oscuridad de sus cuartos, antes de irse a dormir, se estremecen porque descubren que es ese miedo lo que hace tambalearse todo su mundo.

Ellas también sueñan despiertas y hablan dormidas, y descubren que son lo suficientemente débiles como para llevar toda la vida intentando ocultarlo al mundo, que son suficientemente sensibles como para que esa fachada pese cada día un poco más sobre sus hombros, pero también saben que la pared está construida a base de golpes y que se necesita un verdadero huracán para tirarla abajo, uno de esos que hace tiempo que no ocurren.

Ellas también sufren por las injusticias, por las burlas, sufren porque no valoran sus capacidades, porque se las tomen a risa, como a muchos otros superhérores antes.

A ellas también se les eriza la piel cuando una mano les roza, cuando sienten un beso que les acaricia el cuello, unos dedos que se aferran a su cintura, también sienten aunque contínuamente intenten ocultarlo.

Pero, lo verdaderamente duro de ser supermujer es aprender a callarse, día tras día, que lo que realmente necesitan es que las necesiten.

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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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