Sentido
Me gusta dejarme llevar, con el aire, con el silencio,
Me gusta dejarme llevar, con el aire, con el silencio,
Apareció en mi casa, sin avisar, sabiéndose bienvenida a pesar de mis intentos por parecer distante, y se sentó en la mesa a mirar cómo preparaba la cena. ¿Te quedarás a cenar?, le pregunté. Si me invitas a una cerveza, me quedo a no ser que quieras que me vaya, fue su respuesta. Un movimiento rápido y, de repente, estaba detrás de mí, con la nevera abierta, buscando una cerveza a la que no le había invitado, y sacó otra para mí. Yo la necesitaba, no te imaginas cuánto.
Continué centrada en la comida, mientras la veía de reojo caminar hacia el ordenador, trastear con la música y volver a sentarse en el taburete que estaba frente a la barra, y ese cruzar de piernas y ver el borde de una falda que tapaba justo lo necesario, y subir y detenerme en su hombro y notar cómo se le escurría la camiseta, y mirarla a los ojos y pensar que todo era una locura, que no sabía por qué me sudaban las manos, por qué estaba allí, por qué no podía dejar de mirarla de esa forma.
Pero ella sí lo sabía, lo supo todo el tiempo, lo supo cuando dejé que hablara mientras volvía a ponerse junto a mí tras la barra, lo sabía cuando comenzó a darme un masaje en los hombros y lo sabía aún más cuando empezó a besarme y noté la forma de sus pechos en mi espalda.
De repente, noté sus labios posándose sobre mi nuca y sus manos deslizándose por mi columna hasta acariciar mis nalgas sobre la falda. Noté como me besaba el cuello con suavidad, esperando romper poco a poco todas mis barreras, respiré hondo y los ojos se me cerraron. Sentí su aliento junto a mi oreja, un hueles de maravilla, un qué te parece si dejamos la cena para después y unas manos que me agarraban con firmeza de la cintura, dime que no te apetece y no seguiré.
Un suspiro por mi parte fue la señal que necesitaba para dejarse llevar, continuó besando mi cuello con suavidad mientras sus manos se colaron bajo mi camiseta y se posaron sobre mi pecho. Después susurros, un date la vuelta que obedecí sin rechistar y una camiseta y un sujetador que salieron volando por la habitación.
Me sentía expuesta, terriblemente expuesta, aterrorizada, mientras su lengua se deleitaba jugueteando con mis pezones, inmóvil, mientras me dejaba hacer, sin saber cómo reaccionar, pero húmeda, muy húmeda, y aún sin entender que lo que tanto había deseado estaba sucediendo.
Fue entonces cuando noté una de sus manos buscarme bajo la falda y arrancarme las bragas de un solo tirón, mientras sus ojos me miraban desafiante y sus dedos corrían a deslizarse en mi interior, jugueteando a sus anchas, mientras ella analizaba no sin cierta premeditación, qué desataba mis suspiros, qué podía llegar a volverme loca. Siéntate sobre la barra, y eso hice, aún en mi estado de parálisis, y la vi agacharse junto a mí y posar con exquisita suavidad su lengua sobre mi clítoris, y detenerse ahí y saborearlo y chuparlo y besarlo como si el tiempo se hubiese parado para siempre.
Mientras arañaba con mis manos su espalda intentando acallar en vano mis gemidos, noté como sus dedos se humedecían de nuevo y tanteaban mi interior, un poco más adentro, le pedí entre gemidos. Separo su boca de mí durante dos segundos y me miró sorprendida por mi despertar, por mi reacción, pero contestó con una sonrisa y me obligó a avisarle cuando mi cuerpo estuviera a punto de estallar, me repetía al oído un ¿te gusta así? que me erizaba la piel y al que me costaba responder entre gemidos.
Aquella mujer estaba descubriéndome una nueva forma de disfrutar, y mientras mi cabeza le suplicaba que parara, mi cuerpo entero deseaba que siguiera buscando y me acariciara, más y más rápido, más y más adentro, mientras su lengua volvía a detenerse sobre mi clítoris y se movía con soltura en mi interior. Quería hacerme gritar y lo estaba consiguiendo, mi cuerpo se agarraba a duras penas a los bordes de la barra, mientras una serie de descargas me atacaban y ella no me dejaba terminar porque se paraba en seco para mirarme, para oírme gemir, suspirar casi aliviada y comenzar de nuevo, multiplicando mis sensaciones y retrasando ese orgasmo que amenazaba con llegar. Entonces lo vi acercarse, noté como sus dedos activaban en mi interior las terminaciones nerviosas justas, en el momento justo y que ella conseguía, aún no sé cómo, acompañar ese movimiento con el de su lengua.
Una sacudida me golpeó de inmediato y noté, como un escalofrío que me subía desde la punta de los dedos de los pies amenazaba con dejarme sin respiración, y ella lo notó y mientras sus dedos terminaban la tarea recorrió mis pezones ya duros con su lengua. Y al mismo tiempo que aceleraba el ritmo con sus dedos y me acariciaba dentro, con suavidad, pero con determinación, perdí la noción del tiempo y vi como el mundo se quedaba en blanco y dos sacudidas más hicieron que me retorciera sobre la mesa, mientras ella me besaba con fruición y me devolvía el aire que sus manos me impedían aspirar con normalidad, hasta que me oyó gritar, gritar como nunca antes lo había hecho, como nunca antes había imaginado hacerlo, y entonces caí rendida en sus brazos.
Y ella se reía, a carcajadas, como el malvado de una película que se regocija al ver su objetivo conseguido, mientras a duras penas yo conseguía mirarla a los ojos, aún sin ser capaz de creerme lo sucedido, y balbuceaba: gracias.
Devuélveme la sonrisa.
La que dejé juntos a tus labios.
Devuélveme la noche y las estrellas que robas secretamente para traerme engañada hasta tu habitación.
Los sabores con los que pinté el camino que baja por tu pecho.
Devuélveme los besos que te regalé mientras nos ocultábamos del mundo bajo tu almohada y los que me robaste a sabiendas de que nunca me marcharía sin recuperarlos.
Devuélveme el roce de las yemas de los dedos sobre tu piel y las formas que reflejaba la luz que se colaba por tu ventana.
Devuélveme los reflejos del amanecer en los mechones de tu pelo y las caricias sobre tu espalda.
Tus manos, alrededor de mi cintura y la sensación de tenerte dentro bajo esta habitación llena de estrellas.
Lo he pensado mejor. No devuelvas nada, sólo quiero recuerdos nuevos entre tus sábanas y verte sonreír y expirar una vez más.
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Leer más...El día que decidí morir ni siquiera mi familia estaba cerca para impedírmelo. Elegí uno de esos días en los que las visitas estaban prohibidas, uno de esos festivos en los que la mayor parte del personal se tomaba el día libre para visitar a sus parientes. El día que decidí quitarme la vida, probablemente ni siquiera yo estaba allí.
Las cosas no estaban tan mal por ese entonces, el mundo parecía haberse reordenado tras la tormenta y los días transcurrían tranquilamente. Ya no necesitaba los calmantes y podía pasarme horas conversando con las enfermeras de mi planta sobre el clima, el gobierno de turno, lo guapo que aparecía Jude Law en su última película o las erratas que aparecían en los libros que leía mientras permanecí en el hospital.
No era un día especialmente trágico, no había ningún suceso anterior en mi vida que hubiese recordado, ninguna nota en el calendario que provocara una recaída, ni siquiera una llamada o una carta que no me apeteciera recibir. No, mi pasado no volvía a tomar las riendas en mi vida ni me impedía sonreír. Alejandro, el psicólogo que llevaba mi caso, tampoco lo entendió. Había dedicado media vida al estudio y a la especialización en su campo y de repente una paciente que parece curada decide saltar por la ventana sin razón aparente.
Pero siempre hay razones para las acciones enfermizas.
Ni siquiera una estricta dictadura militar podría haber impedido mi caída al vacío aquella tarde, ni el recuerdo de los días en el campo con los abuelos. Cualquiera en mi situación lo hubiese entendido sin reparos.
Nuestra relación siempre fue enfermiza, una adicción al otro, probablemente sin motivos, pero más peligrosa que cualquiera de las drogas y una desaparición que nunca entendí, bueno, que nadie entendió, no había sido la mejor forma de ponerle fin.
Todas las drogas que he tomado, he conseguido dejarlas poco a poco, sin decisiones bruscas, sin aspavientos, en pequeñas dosis. Tu partida no sirvió para nada. Me quedé aquí, sufriendo el mono, anclada en este sin saber, en esta sensación de que me falta algo, de que ya nada tiene sentido, de que mataría por tener tan sólo una pequeña dosis de ti.
Y eso hice. Aquella mañana me desperté con tu olor en mi almohada, y de repente, comenzaron de nuevo las taquicardias, la ansiedad, la búsqueda, los ojos en blanco, la vida, la euforia, el caos. Busqué infructuosamente el origen del olor con la mirada. No había nadie en la habitación, nadie en la puerta, no se escuchaban voces en el pasillo, la televisión apagada, la ventana cerrada, el suelo limpio, flores en el jarrón, sábanas recién estrenadas, nada.
Entonces lo vi. Había un pequeño pájaro muerto junto a la puerta. No sé cómo llegó allí ni cómo murió, probablemente se golpeó tontamente contra el cristal de la ventana o el ventanal de la puerta. Pero allí estaba, trayendo ese olor hacía mí, ese olor a muerte, a tu muerte, a ti. Regalándome los efluvios de tu último día conmigo. Entonces lo vi. Había encontrado la solución a mi enfermedad.
Ahora todo está oscuro, alguien canta algo a mi alrededor y noto como el mundo se mueve bajo mis pies. Han intentado perfumarme para liberarme de tu olor incluso ahora, que todo tiene sentido. Pero no lo han conseguido.
Yo sí, porque siempre hay razones para las acciones enfermizas, y este ataúd cerrado con el olor a nuestra muerte es justo la dosis que necesitaba para el resto de mi vida.
Puedes leer el original en la página de Darkblue7.
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