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domingo, octubre 10, 2010

Seamos sinceros

Mi boca roza la piel bajo tu piel, como esos domingos lluviosos, como esos sábados de sabor a cine y a roscas* y a citas de adolescentes. Es la piel que queda cuando nos destapamos las sonrisas, cuando el agua de la lluvia se lleva los miedos, las máscaras, el sueño, cuando se lleva lo que no somos y lo que volvimos a ser tras nuestro último encuentro. Es la piel que se guardó los sueños y los enterró a conciencia, bajo las terminaciones nerviosas que marcaron nuestras conversaciones, bajo ese sí y ese no, y ese beso robado al aire. Es la piel que se quedó bajo la espuma, bajo las velas, bajo todos los barcos capitaneados por Garfio y los milllones de lagos que colorean Canadá de azul, de violeta, de mango. ¿Y puede el mango robarle el sabor a un plato de pollo al curry? ¿Puede la vida cambiar tanto con dos suspiros, uno tuyo y otro mío? Seamos sinceros, necesito dos tonterías, compañía y abrazos, como el resto de los mortales.

*En Gran Canaria se llama así a las palomitas de maíz.

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martes, julio 27, 2010

En sus manos

Apareció en mi casa, sin avisar, sabiéndose bienvenida a pesar de mis intentos por parecer distante, y se sentó en la mesa a mirar cómo preparaba la cena. ¿Te quedarás a cenar?, le pregunté. Si me invitas a una cerveza, me quedo a no ser que quieras que me vaya, fue su respuesta. Un movimiento rápido y, de repente, estaba detrás de mí, con la nevera abierta, buscando una cerveza a la que no le había invitado, y sacó otra para mí. Yo la necesitaba, no te imaginas cuánto.

Continué centrada en la comida, mientras la veía de reojo caminar hacia el ordenador, trastear con la música y volver a sentarse en el taburete que estaba frente a la barra, y ese cruzar de piernas y ver el borde de una falda que tapaba justo lo necesario, y subir y detenerme en su hombro y notar cómo se le escurría la camiseta, y mirarla a los ojos y pensar que todo era una locura, que no sabía por qué me sudaban las manos, por qué estaba allí, por qué no podía dejar de mirarla de esa forma.

Pero ella sí lo sabía, lo supo todo el tiempo, lo supo cuando dejé que hablara mientras volvía a ponerse junto a mí tras la barra, lo sabía cuando comenzó a darme un masaje en los hombros y lo sabía aún más cuando empezó a besarme y noté la forma de sus pechos en mi espalda.

De repente, noté sus labios posándose sobre mi nuca y sus manos deslizándose por mi columna hasta acariciar mis nalgas sobre la falda. Noté como me besaba el cuello con suavidad, esperando romper poco a poco todas mis barreras, respiré hondo y los ojos se me cerraron. Sentí su aliento junto a mi oreja, un hueles de maravilla, un qué te parece si dejamos la cena para después y unas manos que me agarraban con firmeza de la cintura, dime que no te apetece y no seguiré.

Un suspiro por mi parte fue la señal que necesitaba para dejarse llevar, continuó besando mi cuello con suavidad mientras sus manos se colaron bajo mi camiseta y se posaron sobre mi pecho. Después susurros, un date la vuelta que obedecí sin rechistar y una camiseta y un sujetador que salieron volando por la habitación.

Me sentía expuesta, terriblemente expuesta, aterrorizada, mientras su lengua se deleitaba jugueteando con mis pezones, inmóvil, mientras me dejaba hacer, sin saber cómo reaccionar, pero húmeda, muy húmeda, y aún sin entender que lo que tanto había deseado estaba sucediendo.

Fue entonces cuando noté una de sus manos buscarme bajo la falda y arrancarme las bragas de un solo tirón, mientras sus ojos me miraban desafiante y sus dedos corrían a deslizarse en mi interior, jugueteando a sus anchas, mientras ella analizaba no sin cierta premeditación, qué desataba mis suspiros, qué podía llegar a volverme loca. Siéntate sobre la barra, y eso hice, aún en mi estado de parálisis, y la vi agacharse junto a mí y posar con exquisita suavidad su lengua sobre mi clítoris, y detenerse ahí y saborearlo y chuparlo y besarlo como si el tiempo se hubiese parado para siempre.

Mientras arañaba con mis manos su espalda intentando acallar en vano mis gemidos, noté como sus dedos se humedecían de nuevo y tanteaban mi interior, un poco más adentro, le pedí entre gemidos. Separo su boca de mí durante dos segundos y me miró sorprendida por mi despertar, por mi reacción, pero contestó con una sonrisa y me obligó a avisarle cuando mi cuerpo estuviera a punto de estallar, me repetía al oído un ¿te gusta así? que me erizaba la piel y al que me costaba responder entre gemidos.

Aquella mujer estaba descubriéndome una nueva forma de disfrutar, y mientras mi cabeza le suplicaba que parara, mi cuerpo entero deseaba que siguiera buscando y me acariciara, más y más rápido, más y más adentro, mientras su lengua volvía a detenerse sobre mi clítoris y se movía con soltura en mi interior. Quería hacerme gritar y lo estaba consiguiendo, mi cuerpo se agarraba a duras penas a los bordes de la barra, mientras una serie de descargas me atacaban y ella no me dejaba terminar porque se paraba en seco para mirarme, para oírme gemir, suspirar casi aliviada y comenzar de nuevo, multiplicando mis sensaciones y retrasando ese orgasmo que amenazaba con llegar. Entonces lo vi acercarse, noté como sus dedos activaban en mi interior las terminaciones nerviosas justas, en el momento justo y que ella conseguía, aún no sé cómo, acompañar ese movimiento con el de su lengua.

Una sacudida me golpeó de inmediato y noté, como un escalofrío que me subía desde la punta de los dedos de los pies amenazaba con dejarme sin respiración, y ella lo notó y mientras sus dedos terminaban la tarea recorrió mis pezones ya duros con su lengua. Y al mismo tiempo que aceleraba el ritmo con sus dedos y me acariciaba dentro, con suavidad, pero con determinación, perdí la noción del tiempo y vi como el mundo se quedaba en blanco y dos sacudidas más hicieron que me retorciera sobre la mesa, mientras ella me besaba con fruición y me devolvía el aire que sus manos me impedían aspirar con normalidad, hasta que me oyó gritar, gritar como nunca antes lo había hecho, como nunca antes había imaginado hacerlo, y entonces caí rendida en sus brazos.

Y ella se reía, a carcajadas, como el malvado de una película que se regocija al ver su objetivo conseguido, mientras a duras penas yo conseguía mirarla a los ojos, aún sin ser capaz de creerme lo sucedido, y balbuceaba: gracias.

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miércoles, octubre 14, 2009

Mi pequeña muerte

Para esos lectores anónimos
que siempre me leen,
y para Dani, por sus inestimables consejos.



Mi orgasmo es una noche de fuegos artificiales

y ese hormigueo, continúo, cauto,

apenas audible,

que comienza allá

en la punta de los dedos de los pies

que recorre esos lugares que pensé inexistentes,

en el rincón luciérnaga de la mácula

que ilumina mis ojos.

Es una explosión perfecta de caramelos de sal

y de fruta

en paladares expertos,

es el porqué de los cuerpos celestes

que desenredan los hilos de sus vidas

para descubrirse inmortales

eternamente efímeros

placenteramente exánimes.

Es, en su etimología: arduo,

apenas cansado,

adrenalina digestiva que se esparce

en la montaña rusa de mis venas,

durante el último tirabuzón

que deja marcharse el gas hilarante hasta la médula,

infinito en el ocaso.

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martes, agosto 11, 2009

Cuando se para el tiempo...

Esta noche pensaba volver a casa sola, como de costumbre. Me había acostumbrado a que nos besáramos casi sin saber, casi sin entenderlo y me parecía habitual que el tiempo se parara y las cosas nunca siguieran su curso. No nos llega la pasión, no para tanto, mejor así, pensaba. Y ahora te tengo aquí, atrapado entre mis piernas mientras te beso la espalda poco a poco y maldigo todos los besos que nunca nos dimos, todos esos besos que dejamos marchar.

¿Sabes que me vuelven loca las espaldas?, y lo suelto así, casi sin pensar, mientras apoyo mi cabeza en tu columna vertical para escuchar tu respiración. ¿Todas?, contestas, no has cambiado nada, te sigue excitando más que nada en este mundo la competición, conseguir el trofeo, disfrutas dejando que otros me seduzcan y me enamoren para demostrarles luego que ni siquiera eso podría impedir nuestros besos apasionados. Esos que compartimos todos estos años, robados a las madrugadas, soñados en pisos ajenos, besos para comenzar el año, cada año, esos en los que tu boca me penetraba tanto que parecía que ibas a absorber mis labios de un momento a otro, esos en los que te robaba a mordiscos los restos de mazapán, de turrón y uvas.

No todas, me gusta tu espalda, tu piel suave, tostada por el sol, el sabor a agua salada y arena, pero eso no te lo digo, mis manos contestan colándose por debajo de tus brazos apoyados en el borde de la cama, y yo te recuerdo de nuevo que soy incansable, incansable de ti, de sábanas, de sudor, de sexo, encerrémonos en esta sauna de sensaciones durante días, dejemos que el mundo se pudra fuera, que se paren los relojes, que se congelen las sonrisas, gastemos en esta semana todos los orgasmos de algún país europeo poco apasionado, recuperemos los besos con sabor a alcohol, a borrachera, a costa y fuego, los que nos hemos regalado a cuentagotas durante estos años, recuperémos el tiempo que no volverá.

Quiero repetir, y eso sí lo digo, alto y claro, quiero que vuelvas a beber de mí, hasta la última gota, que me deshidrates si es necesario, como hace veinte minutos o diez o hace un rato, que me tiemblan las piernas sólo de pensarlo y ya no soy capaz de medir el paso del tiempo. Aún noto tu lengua vaciándome desde adentro, tus ojos mirando curiosos, pícaros, intentando seguir la pista del próximo orgasmo. Podría beber de ti toda la noche, tu vagina sabe a sexo y a sal, me susurraste al oído entre respiración y respiración, y aún escucho el eco de tus palabras en mis tímpanos... Vuelvo a sentir las ansias de ti en la parte interna de mis muslos, entre la realidad vivida y la fantasía imaginada de lo que aún está por suceder.

Y me deslizo en tu regazo y te dejas convencer por mi boca que se posa suavemente bajo tu abdomen, porque no te queda más remedio, porque ya es demasiado tarde, porque aún puede esta cama arder tanto y más que las cuatro horas anteriores, porque te suplico al oído que me mates, que me partas en dos, que rompas de inmediato, que te olvides de todo el romanticismo si alguna vez lo hubo, que me hagas tuya, sin tapujos, sin miedos, por la espalda y sin avisar, porque te necesito dentro, una y otra vez, porque quiero dejar grabada esta noche en la pintura de tu pared, en los muelles de tus camas, porque quiero que la recuerdes como la mejor, como la que nunca viviste, porque quiero seguir siendo tu trofeo después de hoy y para siempre, porque quiero que vuelvas a mí cuando otras no sean capaces de darte lo que necesitas.

Y entonces, despiertas, y te levantas y me arrastras contigo hasta la pared y allí me dejas mientras noto el deseo que reboza tus ojos, y tu respiración descontrolada como un perro en situación de ataque, y me volteas, me cacheas, me paralizas contra la pared como a los delincuentes, porque lo soy, porque hacerte esto debería estar prohibido, porque sé que en el fondo me odias por arrebatarte la calma, pero te desvives por follarme aquí, sin preliminares, sin palabras, sin besos, contra la pared, como castigo, porque no hay nada que te guste más que llevarme la contraria, y me miras de reojo sin que tus manos dejen de violar cada rincón de mi piel, con las pestañas bajas, pidiendo permiso para hacerlo, para perderme el respeto, para sentirte dueño y hombre y recuperar el poder, la libertad y la autoestima que te robaron mis proposiciones intimidantes cuando aún vivíamos de noche, porque tú y yo sabemos bien que eso es lo único que aporta la dominación.

Adelante, te digo, y, entonces, el tiempo se para.


* Este relato lo escribí para el Encuentro de Relatos Eróticos que organizó un amigo, espero que lo disfruten.

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lunes, junio 08, 2009

Imposibles #1

Lunes, sin más.
Las ganas bajo la almohada.
El hueco de tus ojos respira aún ayer
sobre mi pecho
y durmieron hoy tus arañazos
como látigos de besos arqueados
sobre mis muslos vacíos
de ti
de la noche vendida al mundo
regalada al tiempo
olvidada
como se olvidan los sueños cumplidos.


Lunes, a mi pesar.
El sueño reboza los párpados.
Me duelen los orgasmos relegados
a tu agenda
y los que guardaremos para ayer

como ya vividos
en la caja de Pandora
del deseo
y los que gastamos para mañana
sobre sábanas huidizas
cobardes
como las flores que se niegan a brotar.

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lunes, mayo 18, 2009

La medida del sexo

El sexo no se mide en besos, ni en cajones de caricias, ni en orgasmos, ni en poemas susurrados, ni en sábanas, ni en huracanes de deseo, ni en resquicios de placer, ni en amor. El sexo se mide en momentos que te dejan sin respiración, en esos cosquilleos que te recorren la espalda de forma inesperada y se quedan grabados en la memoria.

De mis pasiones sólo recuerdo eso, el cosquilleo y la falta de aire, como un latigazo que marca el camino y se te graba junto a los lunares de la piel.

La medida de nuestro sexo no se mide en el calor de la habitación el pasado verano en una isla con los mejores atardeceres del mundo, ni en el par de horas que pasamos hablando para darnos cuenta de que sólo queríamos terminar a mordiscos, ni siquiera en el abrazo de amanecida con las respiraciones ya calmadas.

La medida de aquella noche no la pongo en duda. Aquella noche se mide por el cosquilleo que subió por mi espalda con el roce de tu piel en mis muslos mientras te deshacías despacio de mis pantalones, junto a la ventana, donde las luces del alba marcaban, colaborando con las persianas, un jersey a rayas sobre tu pecho. Y el latigazo, la falta de respiración y los tobillos que fallan y la falta de fuerza, y el dejarse llevar, y el cosquilleo.


Nuestra noche fue una de esas que nunca se repiten, noches de desahogo, historias puente, pasión y... (no, desenfreno, no) cosquilleo. Pero ahora, diez meses después, haciendo memoria, intento recordar los mejores momentos, medir el sexo como quien pesa un kilo de azúcar, y entre mis recuerdos se cuelan esas manos sobre mi cuerpo, ese segundo, ese cosquilleo...


... y siento como aún me sube por la espalda, el recuerdo.


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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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