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martes, agosto 11, 2009

Cuando se para el tiempo...

Esta noche pensaba volver a casa sola, como de costumbre. Me había acostumbrado a que nos besáramos casi sin saber, casi sin entenderlo y me parecía habitual que el tiempo se parara y las cosas nunca siguieran su curso. No nos llega la pasión, no para tanto, mejor así, pensaba. Y ahora te tengo aquí, atrapado entre mis piernas mientras te beso la espalda poco a poco y maldigo todos los besos que nunca nos dimos, todos esos besos que dejamos marchar.

¿Sabes que me vuelven loca las espaldas?, y lo suelto así, casi sin pensar, mientras apoyo mi cabeza en tu columna vertical para escuchar tu respiración. ¿Todas?, contestas, no has cambiado nada, te sigue excitando más que nada en este mundo la competición, conseguir el trofeo, disfrutas dejando que otros me seduzcan y me enamoren para demostrarles luego que ni siquiera eso podría impedir nuestros besos apasionados. Esos que compartimos todos estos años, robados a las madrugadas, soñados en pisos ajenos, besos para comenzar el año, cada año, esos en los que tu boca me penetraba tanto que parecía que ibas a absorber mis labios de un momento a otro, esos en los que te robaba a mordiscos los restos de mazapán, de turrón y uvas.

No todas, me gusta tu espalda, tu piel suave, tostada por el sol, el sabor a agua salada y arena, pero eso no te lo digo, mis manos contestan colándose por debajo de tus brazos apoyados en el borde de la cama, y yo te recuerdo de nuevo que soy incansable, incansable de ti, de sábanas, de sudor, de sexo, encerrémonos en esta sauna de sensaciones durante días, dejemos que el mundo se pudra fuera, que se paren los relojes, que se congelen las sonrisas, gastemos en esta semana todos los orgasmos de algún país europeo poco apasionado, recuperemos los besos con sabor a alcohol, a borrachera, a costa y fuego, los que nos hemos regalado a cuentagotas durante estos años, recuperémos el tiempo que no volverá.

Quiero repetir, y eso sí lo digo, alto y claro, quiero que vuelvas a beber de mí, hasta la última gota, que me deshidrates si es necesario, como hace veinte minutos o diez o hace un rato, que me tiemblan las piernas sólo de pensarlo y ya no soy capaz de medir el paso del tiempo. Aún noto tu lengua vaciándome desde adentro, tus ojos mirando curiosos, pícaros, intentando seguir la pista del próximo orgasmo. Podría beber de ti toda la noche, tu vagina sabe a sexo y a sal, me susurraste al oído entre respiración y respiración, y aún escucho el eco de tus palabras en mis tímpanos... Vuelvo a sentir las ansias de ti en la parte interna de mis muslos, entre la realidad vivida y la fantasía imaginada de lo que aún está por suceder.

Y me deslizo en tu regazo y te dejas convencer por mi boca que se posa suavemente bajo tu abdomen, porque no te queda más remedio, porque ya es demasiado tarde, porque aún puede esta cama arder tanto y más que las cuatro horas anteriores, porque te suplico al oído que me mates, que me partas en dos, que rompas de inmediato, que te olvides de todo el romanticismo si alguna vez lo hubo, que me hagas tuya, sin tapujos, sin miedos, por la espalda y sin avisar, porque te necesito dentro, una y otra vez, porque quiero dejar grabada esta noche en la pintura de tu pared, en los muelles de tus camas, porque quiero que la recuerdes como la mejor, como la que nunca viviste, porque quiero seguir siendo tu trofeo después de hoy y para siempre, porque quiero que vuelvas a mí cuando otras no sean capaces de darte lo que necesitas.

Y entonces, despiertas, y te levantas y me arrastras contigo hasta la pared y allí me dejas mientras noto el deseo que reboza tus ojos, y tu respiración descontrolada como un perro en situación de ataque, y me volteas, me cacheas, me paralizas contra la pared como a los delincuentes, porque lo soy, porque hacerte esto debería estar prohibido, porque sé que en el fondo me odias por arrebatarte la calma, pero te desvives por follarme aquí, sin preliminares, sin palabras, sin besos, contra la pared, como castigo, porque no hay nada que te guste más que llevarme la contraria, y me miras de reojo sin que tus manos dejen de violar cada rincón de mi piel, con las pestañas bajas, pidiendo permiso para hacerlo, para perderme el respeto, para sentirte dueño y hombre y recuperar el poder, la libertad y la autoestima que te robaron mis proposiciones intimidantes cuando aún vivíamos de noche, porque tú y yo sabemos bien que eso es lo único que aporta la dominación.

Adelante, te digo, y, entonces, el tiempo se para.


* Este relato lo escribí para el Encuentro de Relatos Eróticos que organizó un amigo, espero que lo disfruten.

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viernes, junio 26, 2009

No sirvo

No sirvo. No sirvo para decirles a las personas que las quiero, que las necesito, que quiero que formen parte de mi vida, que me abracen, que no soy tan mala, ni tan dura, que a veces, sin ellos, no soy nada.

Yo no sirvo. Soy como el hombre de hielo de Murakami, frío, intenso, huidizo, rehaciendo una nueva vida en el Polo Sur, olvidando que están aquí, a mi lado, que no vivo rodeada de pingüinos famélicos que te comerían sin duda si cayeras a esta océano helado que me rodea en los días de lluvia. No sirvo para mantener a las personas junto a mí porque no soy capaz de demostrar mis sentimientos, después de dos frases ya se han ido, y ya me han dejado aquí con la palabra en la boca, cotorreando en voz alta que nunca les quise lo suficiente. No sirvo para decirlo, ni para demostrarlo, ni para conseguir que te enamores de mí y que tengas claro que te he elegido "one in a million" aunque ya no haya flores en mi ventana ni sea capaz de escuchar a Travis sin dejar caer una lágrima. Tampoco se me da bien aparentar imposibles, yo soy así, lo que ves, incoherente, contradictoria, indecisa, excéntrica, payasa, histriónica, melancólica empedernida, imposible. Yo no sirvo para prometerte la vida, no sirvo para asegurarte que mañana aún estaré aquí, que te seguiré queriendo, que te echaré de menos, que me moriré si no estás, que es el destino, que eres mi vida, que no te vayas, que aquí te espero. No sirvo para rogarte que te quedes, que inviertas en mí tu tiempo, que me llames a las tres de la mañana, y me despiertes y me cuentes un cuento de hadas que acabas de leer en una revista gratuita al volver en el último metro. No sirvo para que construyamos casas comunes, para hacer planes y que tu hermana me venda la parte de la casa que tiene contigo y acordemos en el contrato que tú tengas derecho de compra preferente, por si algún día dejamos de ser y estar. No sirvo, precisamente porque nunca lo tuve claro.

Yo sirvo para contar los lunares que tienes en la espalda hoy y bailarte a solas, sirvo para pintar tu cara con pintura de dedos, para perderme en ti, para quedarme dormida gracias a la nana que me canta tu pecho, para comprarte batido de vainilla o hacer tiramisú y transportarte en nuestra burbuja personal a visitar uno de los mejores atardeceres junto al mar, y para pasear de mano sólo si vamos caminando por la playa, para deformar las nubes sobre nuestras cabezas, para mirarte a los ojos muy de cerca y convertirnos en un único unicornio. Sirvo para enseñarte rituales para poder lanzar al agua anhelos propios y hacerlos realidad, y trazar un círculo muy pequeño entre tu signo y el mío, allá en el firmamento, y liberar a Orión y devolverlo a su Artemisa que en ningún momento quiso enviarlo al cielo. Sirvo para contarte teorías cada vez más locas, para desatar tormentas y vendavales si sabes darle rienda suelta a mis instintos, sirvo para prometerte esta noche, las dos próximas horas, para empezar hoy aquí contigo un amor eterno de dos días y renovar licencia de explotación si a su término aún nos queda amor pendiente de hacer o labios a punto de besar. Pero nunca tuve el tiempo suficiente de mostrártelo a ti ni a nadie, porque siempre espero que los demás digan lo que sienten e intento no decirlo ni hablarlo, porque yo no sirvo para nada de eso.

Sólo hay una cosa que tengo clara: sirvo para quererte, sin decírtelo nunca, más de lo que nadie te pudo querer, pero nunca me oirás reconocerlo en voz alta porque, la mayor parte de las veces, ni siquiera me doy cuenta de que está sucediendo, o quizás sí, y por eso, por miedo, prefiero callar.

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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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