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martes, marzo 09, 2010

Abismo

Nunca imaginé que el camino al otro lado fuese tan oscuro. Me recordaba a mí misma como Alicia, dormida bajo el árbol, persiguiendo conejos que siempre llegan tarde, saltando al otro lado del espejo y asustada -siempre me asustó- por esa gran sonrisa de gato que me perseguía por todas partes, pero nadie me contó que el camino al otro lado fuese tan oscuro. Imaginaba la vida en Abismo como uno de esos cuentos de hadas, bueno, no realmente como un cuento de hadas pero sí como una escalera de esas enormes, que comienzas a subir con entusiasmo, de la que te vas cansando poco a poco, de esas que te hacen pensar en dar marcha atrás y abandonar la subida, de esas que miras con satisfacción desde arriba, con el paso del tiempo y con la suficiente madurez para reconocer tu esfuerzo, yo subí todos esos escalones, diría. Recuerdo que había una de esas escaleras frente a una iglesia de Roma, aunque ya ni siquiera recuerdo el nombre y no sé si alguna vez podré volver a visitarla.

Aún me confunde esta oscuridad y tengo la sensación de que por algún motivo, en algún momento escogí el camino equivocado, giré en alguna desviación errónea o simplemente me equivoqué en más de una decisión, porque dicen que equivocarse una vez es necesario, que no existen destinos a los que se llegue sin haberse equivocado una vez, y yo les creo. Eso también me lo repitió el niño de la puerta. Se reía mucho cuando le dije que por fin había llegado, tantos años después de haber comenzado mi camino hacia Abismo, tantos años después de que la Anfitriona tatuara en mi muñeca mi destino, el que me correspondía según los resultados de mis test de personalidad. Quizás él ya sabía que me había equivocado de camino, en ese momento pensé que reía porque aún me quedaban todos esos escalones que subir, pero ahora tengo tantas dudas que incluso he llegado a pensar que cabe la posibilidad de que esto no sea Abismo, de que tenga que deshacer de nuevo todo el camino, pero con esta oscuridad no existe la forma de volver a atrás y ni siquiera tengo claro que exista un "atrás".


Desde que estoy en Abismo, incluso he perdido la cuenta de los días, me paso el día caminando y duermo cuando encuentro algo mullido en el suelo, pero no he vuelto a ver a nadie más desde que me despedí del niño de la puerta y su sonrisa sigue grabada en mi memoria, como la del gato de Alicia, y no puedo decir que la imagen del niño me asuste menos, ni siquiera un poco.

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martes, julio 14, 2009

Lunes felino

Para la reina Monde,
no como despedida

sino como forma de comenzar
a construir la nueva colmena.





Dejé de contar al llegar a los 21.457 pasos. Demasiados para una sólo noche, incluso para mí.


En aquella cuenta estaban todos los minutos que tardé en llegar a su casa mientras descubría, no sin sorpresa, que comencé a buscar el portal 142 caminando desde el único punto que conocía de su calle, un centenar de números -y no menos glorietas- antes.

Hice un poco la vista larga entre vaso y vaso de vino para retomar la cuenta en el alféizar de su ventana, en los saltos y el gato que nos miraba suplicante desde el borde del pasillo verde -ahora que se ha corrido la voz sobre lo que mostraba aquella película para los no tan niños-, y nos miraba como si saltar al vacío fuera cosa de una raza superior -la suya- mientras recitaba el cógeme si te atreves en minino antiguo a los ojos penetrantes de su amada que se mecía impasible en el siguiente balcón.

Aún no sé si incluir en la cuenta los pasos en falso y los de la cuerda floja y el gateo seductor que resultó ser la única forma de traer a nuestro galán de vuelta a casa, no sin antes terminar la demostración de sus destrezas saltando estoicamente sobre mis hombros.

Entonces recuperé mi vaso -el tercero- y saludé con una reverencia al público que había presenciado nuestra actuación: un par de parejas y un par de cervezas en una terraza tranquila de verano, alegres por descubrir que ellos nunca fueron los locos de la historia.

Lo que vino después no lo recuerdo con precisión. Pelos de gato, pasos, vino, una cuesta, pasos y más pasos, un teatro, unos ojos azules, una pendiente y más pasos, una nueva pausa y cerveza con limón.

Entonces, disfruté por primera vez del papel de sujetavelas, captando al vuelo las miradas furtivas que se lanzaban al aire aquellos dos tintos de verano junto al Puente de Segovia, hasta que decidí marcharme, tras haber recopilado suficiente información para las crónicas del día siguiente y con la esperanza de dejarlos a buen recaudo en una cita con billete para asistir en primera fila a la despedida de dos cuerpos desnudos en las saunas madrileñas.

Y retomé la cuenta: pasos hasta el teatro de La Latina, más pasos hasta la Plaza de Tirso de Molina, el metro en obras cerrado antes de tiempo y más pasos dirección Antón Martín, las dos de la mañana al enfilar la calle Atocha y parar al fin junto a las vías del ferrocarril a esa hora dormidas.

Perdí la cuenta al llegar a los 21.457 pasos junto a la estación de Atocha porque las gotas de Madrid que me resbalaban por la espalda me gritaban a voces que aún me restaban como mínimo 60 pasos más hasta mi tercero sin ascensor para pasar una noche en la sauna real, ya sin gatos, pasos ni tintos que sólo se enamoran en verano.




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