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viernes, octubre 15, 2010

Mares de sabiduría

Lo que escucho desde aquí es el sonido del mar como todas las mañanas desde hace años, invariable, pero tranquilizador como siempre, con el sonido capaz de adormecer y de cambiar escenas.

Este mar lleva años ayudándome a cambiar las mías, una ola y fundido a blanco, un paseo por la arena, música fade in y cortinilla, un atardecer, primer plano del sol, fundido en blanco, y los créditos que no llegan aún, la vida que sigue.

Lo que escucho desde aquí es la sinrazón de las horas perdidas, junto al camino, esperando una vida que no terminaba de llegar, es la tristeza del tiempo empleado en esperar sin vivir, en esperar soñando con no soñar, es la verdad, es lo que he estado haciendo durante meses, quizás años, ¿se puede ser más tonta?

Este mar me recuerda a mis miedos, a los que siempre me dejo dentro, aquellos de los que me desnudo poco a poco con cada ola, aquellos que la vida me obliga a vestir al salir, cuando el mar se aleja de mis pasos tanto como el tiempo bien empleado.

¿Cuántos besos me habré perdido en el camino? ¿Cuántos sueños? ¿Cuántas sonrisas y cuántos abrazos? Lo que escucho es el mar que grita, que se rebela, que me pide a gritos que me desnude, que me deje arrastrar, que me sumerja como antaño, que me deje curar una a una las heridas, que cicatricen los golpes y que renazca nueva y vacía, vacía de reparos, de máscaras, de barreras invisibles pero infranqueables y que me llene de vida, que merece la pena.

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jueves, octubre 01, 2009

Amarillo flower

Para one flower.
Espero que te guste,
son las únicas palabras que he podido escribir
aún me aprieta fuerte este nudo en la garganta.


Da miedo el silencio que recorre algunos días el vagón del metro. Tiendo a pensar que es en los días más fríos, en los que la gente se levanta con pereza de la cama y se aprieta contra la multitud casi por inercia, por frío, por silencio. Ese silencio es más doloroso que pasar la noche junto al altavoz, o las mañanas ante una excavadora en funcionamiento y hoy me hacía aún más daño, me dolían los días pasados, los tiempos no vividos, quizás más, quizás me dolía tu falta y era eso lo que se escuchaba en el vagón de metro, el sonido de tu ausencia amarilla y un poco violeta o lila o como te guste llamarla, un poco flor y un poco carcajadas huidas, sonrisas, abrazos eternos, un poco el silencio que dejan todas las veces que no te dije cuánto te quería y todas las miradas cómplices y los sueños que no llegamos a cumplir, juntas.



Dan miedo las estaciones de tren de madrugada y las paredes de una casa vacía, y aún más terroríficas son las cajas de cartón amontonadas en la entrada, cajas de las de Tontxu, y algún pequeño desastre animal, y el miedo que da analizar la anatomía de la risa con Luis y explotarla a ratos y no tanto como nos gustaría, al cien por cien, porque si lo hiciésemos seríamos capaces de comprender que todo lo que ocurre es para bien.


Hoy, como ayer, el miedo se me ha metido en el cuerpo como la abeja que de repente se queda sin colmena y comienza a volar dando vueltas en círculo, infructuosamente, sobre el lugar en el que algún día hubo algo parecido al hogar, sin cajas amontonadas en la entrada, sin silencios que recorren el metro en las horas punta, sin el miedo de las risas contenidas ni el dolor de los tímpanos que se esfuerzan en seguir escuchando la ausencia de lo que algún día fue una flor.


Aquellos días, como hoy, me llenaba el alma, la inquieta sensación del amor, puro y verdadero que puede surgir de una única flor amarilla, más amarilla que todas las flores amarillas del mundo, más amarilla que las 23 flores amarillas que deberé apuntarme al final en mi lista de cosas ganadas, tan grande como el amarillo de las playas donde te marchaste con toda la envidia que pienso seguir ocultando tan bien.


Hoy camino a lo largo del Paseo del Prado enumerando de nuevo todos los pasos, todos los destinos cruzados, todas las razones equivocadas y las decisiones erradas que nos llevaron a cruzarnos en algún tren que recorre un sendero también de baldosas amarillas y cuento las caras de todos aquellos que sin querer hicieron ese encuentro posible y todas las que sin querer me graban hoy a fuego, sobre la piel, tu nombre, como aquel, que sin saber por qué, se tatúa en el brazo amor a madre, como hoy que esta camiseta negra que huele a ti, deja justo un pequeño espacio visible en mi brazo para tatuar una pequeña flor amarilla, pequeña por humilde pero tatuada de por vida.





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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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Ellos me contaron que...

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