Sobre el arroz
Se nos pasa el arroz. Hace tiempo que teníamos que haber apagado el fuego y sentado la cabeza. Hace tiempo que este mundo está repleto de cabezas sentadas, fuegos apagados y arroces en su justo punto. Quizás debería haber comprado uno de esos arroces que no se pasan pero no he tenido tiempo, y esa es la razón de que mi arroz no se pase aún. No se pasa porque ni siquiera he empezado a cocerlo.
Y el otro mundo está lleno de arroces que se pasan, de fuegos que no se apagan, de cabezas que no se terminan de sentar. Habría que preguntarse quién decide en qué mundo debe estar uno, quién decide la edad en la que debería mudarme al otro mundo. ¿Lo decides tú? ¿Yo? ¿El mundo? ¿Lo decide el arroz? ¿El fuego? ¿La marca del arroz? Habría que preguntarse dónde quedan aquellos cuyo arroz no se pasa nunca. ¿Están aquí? ¿Allí? ¿En ese mundo? ¿En aquel otro?
La calle aún no me huele a arroces pasados, a fuego apagado y no veo cabezas decididas a sentarse. Quizás hace años que vivo ciega, luchando en mis propias tinieblas por encontrar mi paquete de arroz, pero al menos vivo tranquila porque sé, que por ahora, no se nos pasa el arroz.