miércoles, abril 11, 2012

Miedo a los aviones que despegan

"- ¿Sabes lo que más me asusta?-.
No debe saberlo porque no dice nada.
- Tu miedo. Y el entusiasmo detrás de tu miedo.
- Es curioso porque a mí es tu falta de miedo lo que más me asusta.
- Tengo tanto miedo como el que más miedo tiene. Aunque supongo que es un miedo distinto.
- No hay un miedo distinto. Siempre es el mismo miedo.
– No exactamente.
– ¿No exactamente?
– No exactamente. Tu miedo empieza cuando despegan los aviones y el mío cuando los aviones aterrizan."*

En el fondo es el mismo miedo, el mismo, el que lo recubre todo, el que me acobarda ante las cosas más sencillas. Una llamada, una petición, un "plus one" de esos de las bodas americanas, iremos Sandra + 1, y todo un amplio abanico de posibilidades abiertas, desparramadas sobre el páramo a elegir.

Mi miedo es el de los aviones cuando despegan, y con todo ese entusiasmo detrás de mi miedo, porque una cosa no niega a la otra. Mi miedo se sienta ahorcajadas y encuentra bajo los peldaños de cualquier escalera la llave para despegar, y pocas veces la utiliza. Se deja llevar, piloto va y piloto viene, cuesta arriba y a paso tranquilo, siempre hacía arriba.

Son los aterrizajes los que no soporto, los que se me atragantan en la garganta, los que me recuerdan a tiempos pasados. Es el miedo al aterrizaje el que hace que se seque la verdadera intensidad. Mi MIEDO, así, con mayúsculas y negrita, es el miedo al fracaso. El miedo a reconocer que otra historia se acaba, el miedo a recordar lo poco que duró y el ridículo de volver a pasar por ello y escuchar los chismorreos en la tasca de del pueblo. Miedo, al "qué raro", "nadie la aguanta", "con lo majo que era este chico" y un sinfín más de frases conocidas y resabidas, que una con el paso de los años se sabe de memoria y que no son más que un intento fácil de humillación absurda.

Y sí, es verdad, me aterra el miedo de los aviones que despegan, el despegar, el levantar los pies del suelo, el volar sin saber a dónde se vuela, y ese nudo en el estómago, como en las películas en blanco y negro, cuando la escena se para y los actores se miran y la cámara salta de uno al otro como en un incómodo partido de tenis. En éste, la pelota está en mi campo, y lo sé, pero aún no soy capaz de enviártela con la misma fuerza, o aún no he decidido como preparar el saque, pero sigo jugando, aquí en la cancha, justo enfrente de ti.

No tengas miedo a los aviones que aterrizan.

"Tokyo ya no nos quiere" (1999), Ray Loriga

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miércoles, febrero 08, 2012

Despite of all

I am happy, really happy.


And it feels strange, again, but it feels good too.



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lunes, diciembre 26, 2011

Desesperación

Me desespero. O no sé si a esto se le puede llamar desesperación o indecisión. Es la vuelta a la situación de siempre. Miedo, demasiado miedo. Miedo a lo desconocido, miedo al fracaso, a estarme equivocando, a que cualquier reacción hacia adelante haga cambiar el status quo éste en el que vivimos, en el que ninguno de los dos es infeliz, pero tampoco completamente feliz. Y en el fondo no es más que eso, miedo a entregarse del todo, miedo a reconocer que quizás estaría dispuesta a darlo todo, a cambiar de vida, de ciudad, de sueños por saber qué es esto que me sube por el estómago y se me clava en medio del pecho y hace que me cueste respirar, miedo a arriesgarse. Pero, ¿no he vivido ya antes esta historia? ¿No he creído estar enamorándome de ti una y otra vez durante los últimos dos años? A veces me pregunto si no lo habré estado siempre, enamorada digo. Ahí, en el fondo, como esos instintos que no sabemos que existen, pero que quedan muy adentro y aparecen cuando una menos se lo espera, que reaccionan ante momentos de la vida, ¿y no será ésta una de esas reacciones incontroladas? Un impulso hacia adelante, hacia algo que llevamos tiempo intentando ocultar, pero aún más tiempo intentando entender. Un impulso o una explicación a los últimos dos años, a la relación que nos ha unido o desunido durante este tiempo, a esa relación que ni tú ni yo ni nadie entenderá nunca, aunque en el fondo sienta que las relaciones no se entienden, se viven. Creo que es justo eso lo que hemos hecho, vivir, a pesar, por ella y también a parte de ella. De la relación, digo, o de lo que sea que es esto o aquello que vivimos.

De repente suena ese bip del teléfono, y es pronto, quizás demasiado pronto o demasiado tarde para estar en la cama. Y te leo entre las letras de una canción, te leo entre sus líneas y aunque no quiera creerlo sé que esos versos son mucho más que unos acordes sueltos, que no están elegidos al azar, que son las 9.30 de la mañana y que hay cientos de personas a las que podías habérselos enviado. Y me quedo enganchada a él, al mensaje digo, porque no sé cómo reaccionar al mismo, ni cuál es el paso que esperas que dé, si es que esperas alguno.

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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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