lunes, mayo 16, 2011

En blanco y negro

A mi casa siempre le faltó una fotografía, una de esas, en blanco y negro, de toda la familia, retratados uno a uno, de esas que dan la sensación de que éramos felices y de que teníamos todos los motivos del mundo para sonreír.

Nunca nos faltaron las ganas, creo que no conozco ninguna familia que se riera tanto de sí mismos como nosotros, aún sabiendo que eso suponía una barrera infranqueable para el mundo, incluso para mí.

Salir de esas fotografías donde todo sale bien, y mirarlas desde afuera y notar que ese blanco y negro no es un efecto especial, es un blanco y negro que mide el paso de los años, la antigüedad de las risas y de los momentos felices, la antigüedad de la alegría.

Salir de esas fotografías y darte cuenta de que ese muro infranqueable que has creado sobre los hombros de todos ellos, no es más que una simple y frágil pompa de jabón que no los protege en absoluto de los problemas del mundo, pero tampoco y sobre todo, no les protege de ellos mismos.

A mi casa siempre le faltó una de esas fotografías, una llamada a la alegría, siempre me pareció que sólo generaban envidias, sin darme cuenta de que ninguna de esas fotografías dibuja un mapa real de lo que somos o queremos llegar a ser, ni siquiera de aquello que pretendimos ser.

Un día, caen unos gotarones que acaban con todo, una tormenta que destroza todas esas fotografías en blanco y negro, estropeadas, rotas, por el paso del tiempo y la suciedad y las paredes se quedan peladas de nuevo, como si esos momentos nunca volvieran o desaparecieran para siempre. Como la vida.

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martes, abril 19, 2011

Errar para crecer

Aquella noche cometí un gran error. Intenté olvidar un abrazo con caricias y sexo… de otra persona. Y el universo me lo impidió.

Lo reconozco. No es la primera vez que me lo dicen y es una cualidad de la que me siento orgullosa, aunque no siempre aporte cosas positivas: tengo una sensibilidad especial con los abrazos. Soy capaz de traducir todo lo que una persona intenta decir con un abrazo, sus miedos, sus alegrías, su dolor, sus sueños o esos tantos te quieros, pero también soy capaz de traducir todo aquello que las personas no se atreven a decir.

Por eso te abrazan. Buscan refugio. Los abrazos son el arma que utilizan los cobardes para despedirse de la chica de su vida sin haberle dicho nunca cuánto la querían, pero también la pista clave de un “te quiero, pero me hace daño estar contigo” o un “no puedo darte un abrazo sincero porque descubrirías cuánto te extraño”.

Por eso aquella noche me equivoqué y el universo se empeñó en hacérmelo ver. Cuando la traducción de un abrazo te hace demasiado daño, cuando te abrazan tan fuerte que se hace difícil escapar, cuando un abrazo dice “no quiero vivir sin ti”, sabes que lo único que puede evitar que tu vida se rompa en mil pedazos no es otro abrazo, los abrazos nunca son capaces de equilibrarse unos a otros. Cada abrazo tiene su propia magia, no pueden medirse en la misma balanza. Cuando un abrazo de los de baño de agua caliente, y espuma, arrasa toda tu vida, sólo las caricias y el sexo pueden pararlo.

Pero no vale cualquier sexo, sólo sirven las caricias que nacen del cariño, de la confianza, de la tranquilidad del tiempo, de la sonrisa de la rutina convertida cada día en un momento mágico, de la complicidad. Ese es el único sexo capaz de sofocar el incendio de un abrazo y ese era el momento que yo pretendía buscar.

Y me equivoqué. Olvidé que para conseguirlo tenía que pasar por encima de una persona que buscaba justo lo contrario. Quería un abrazo que le dejara sin aliento y una sonrisa sincera, buscaba darle un sentido a más de un año y medio de sinsentidos –sí, esos sinsentidos que lo hacían todo tan especial, esos-, que buscaba por una vez, olvidar tantas caricias y quizás olvidarlas con un abrazo. Ese abrazo, ese refugio, ese abrazo que sabes que terminará haciéndote daño, ese abrazo que sea capaz de arrasar con todo.

“Si me dices ven, lo dejo todo… pero dime ven”.

Nunca lo hizo y yo tampoco habría sabido que contestar.

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viernes, abril 01, 2011

(sin título)

Hay cosas que siempre terminan cambiado, y mucho. Por suerte.

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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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