sábado, mayo 15, 2010

En la suela del zapato

"Si quieres, subimos a casa y salvamos el mundo y nos decimos lo importante sin hablar.
Si quieres, cortamos la calle y en sólo un segundo le arranco el pasado al sofá.
Si quieres, pasamos el día rodando en la alfombra.

Y en Madrid... cuando se hace de noche y me hace falta tu cuerpo viene sin permiso protestando el invierno y mis dedos preguntan dónde te has metido y el parqué echa a temblar cuando pienso en las dudas que siempre has tenido.

...y siempre acabo pensando quizás debería cuidarte algo más".


¿Qué hacemos con las canciones que se quedaron pegadas a la suela del zapato?¿con las que se clavan con un post-it en nuestra memoria? ¿con las que se nos olvidan? ¿con las que nos arrebata la historia? ¿y con todas aquellas que cambian, evolucionan, transforman su significado con el tiempo?
Las arrancamos y las escuchamos desde fuera, desde dentro, desde la otra orilla, desde la frontera de este universo conocido, desde lejos, desde el otro lado, desde el infinito y las traemos de vuelta, sanas y salvas, menos hirientes, con los bordes relucientes y el sabor irrepetible de las primeras veces.



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sábado, mayo 08, 2010

Estados de embriaguez

Dicen que la ebriedad y la embriaguez no son lo mismo, ni parecido. La diferencia está en dos o tres acepciones que el diccionario no contempla, la diferencia está en dos o tres copas de más que van desde una hasta la otra, dos o tres copas de más con las que se sienta a escribir una cuando ya no le quedan más fuerzas para dejar que la vida pase volando. La embriaguez es un paso más, es la cara de tonta que se me quedaba cuando veía como las gotas de agua hacían equilibrismos en tus pestañas o mientras escuchaba el silencio de la ciudad agarrada con timidez a tu mano.

Las imágenes vendidas no sirven para nada, son los recuerdos e incluso una sóla letra mayúscula en una firma lo que me arrebata la embriaguez que sin copas de más se queda en ebriedad a secas, que de nada sirve más que para rellenar almohadones con resacas a la mañana siguiente.

Ellos afirman que "y hicieron" no contiene faltas ortográficas y a mí se fractura el alma, por la mitad, y cae pedazo a pedazo como si la hubiesen golpeado con un martillo de feria. Me da igual lo que digan ellos, al final acepté aquella "y" no sólo como mi primera derrota dialéctica sino como la verdadera emoción que llega tras el primer round de una batalla, al comprender que se ha encontrado un competidor que está a la altura y que aporta un poco de riesgo a la contienda.

Esos sí eran momentos de embriaguez sin ebriedad, sin alcohol, sin copas de más, sin suspiros que se quedan atrapados en la boca y sin recuerdos, que se mezclan con las notas de una canción que odiabas, quizás no tanto, quizás sólo un poco, quizás sólo lo justo para darte cuenta de cuánto me importaba o para no notarlo siquiera, una canción que se quedó prendada a tus ropas, sin tu permiso y contra tu voluntad, ¡cuánta injusticia junta!


Era entonces cuando llegaban las consecuencias, y las resacas, las más duras, las de impotencia, las de no poder explicar con palabras lo más sencillo, ni siquiera entre dos cuerpos que siempre hablaron el mismo idioma, o al menos uno similar, uno entendible, uno o varios, pero que no obstaculizaban la comunicación y que obviaban las normas escritas de la conversación, tan innecesarias, tan inútiles en estados de embriaguez.


Mientras el agua en estado líquido tiende a gaseoso o a sólido, los estados de ebriedad no siempre alcanzan la cuota suficiente de embriaguez que a una podría alegrarle el día, y por el contrario se dedican a pintar escenas en blanco y negro, de un film caduco, insulso, que pone ante nuestros ojos imágenes de todo aquello que resulta inalcanzable, de todo aquello que nuestro poder adquisitivo no nos permite comprar, tan sólo para hacer hincapié en nuestras grandes faltas, en nuestras carencias y en nuestras lacras, y recordarnos lo infame que puede llegar a ser una resaca.

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sábado, abril 17, 2010

Abismo #3

El niño ha vuelto a entrar después de habeme hecho demasiadas preguntas. Llevo dos días esperando y rellenando instancias pero debe de haber algún problema con el registro porque aún no me permiten entrar. Después de 40 años de trabajo llego aquí y me tratan así, se me quitan las ganas de todo. Ahora podría estar en casa preparando algún viaje con Rubén ahora que no dependemos de los niños. Me dijeron que serían tan sólo unos meses y ya sé que he estado retrasándolo demasiado tiempo y que todo el mundo debe pasar por ello y que la única forma de mantener viva nuestra especie y que no afectará a mi vida ni a mis recuerdos ni a mi estado de salud. Sí, ya sé todo eso, pero me desespera estar aquí esperando como si no tuviera nada mejor que hacer.

Además, yo no soy la única culpable de haber llegado tan tarde, después del accidente cambiaron mis coordenadas y la Anfitriona decidió cambiar el destino que habían tatuado en mi muñeca, me ha costado siglos llegar hasta aquí. El niño regresa y me mira con desconfianza, incluso diría que puedo sentir cierto desagrado, para que le estoy haciendo trabajar más de lo que debería.

No puedo entrar, o eso dice, que Abismo tiene un registro duplicado y que no el Sistema no lo acepta y que no puede correr el riesgo de dejarme entrar y provovar un colapso del sistema central o algún cortocircuito que ponga en peligro toda la estructura. No me lo puedo creer, quizás pretende que me quede en esta sala de espera para siempre, que deje pasar el tiempo y que me sienta a escuchar las agujas del reloj de pared que tiene justo encima de la puerta de entrada a Abismo. Que hable con sus superiores, que le den solución, es sólo un problema burocrático, que no voy a quedarme en esta especie de limbo, que les pregunte a sus padres si hace falta.

Y el mundo estalla. El niño se ha enfadado de verdad. Lo sabía, sabía que lo que más les molestaba a estos niños es que los tratemos como tales, estaba advertida pero he perdido los nervios y ahora no entiendo nada de lo que me está diciendo. Grita, patalea y probablemente esté insultándome en su idioma. Ahora me arrepiento de no haber estudiado Abismal en el instituto, al menos sabría a qué atenerme, pero se ha marchado. Se ha marchado y me ha dejado aquí, a solas, con mi pasado y sin ningún futuro, sin amigos ni familiares que me acompañen, y de repente he vuelto a sentir aquel mismo vacío interior que experimenté después del accidente, como si me hubiese quedado sola con mi cuerpo, como si mi verdadero yo estuviese muy muy lejos de aquí, en algún lugar que no conozco. El tiempo que pasé en el hospital fue el más extraño de mi vida, no quiero volver a pasar por ahí, así que llamo al niño a gritos, me disculpo, pero ya no me oye, y yo vuelvo a pensar en aquellos cinco horribles meses, y lo único que quiero es que no me deje aquí, por favor.

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Son tiempos difíciles para los soñadores...
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Ellos me contaron que...

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