martes, julio 15, 2008

Dos veces

Alguien me dijo que cuando algo sucedía una vez no tenía por qué volver a suceder de nuevo, pero que cuando algo sucedía dos veces, ocurriría irremediablemente una tercera.

Ayer me acerqué a escucharlos, mientras decidían cuál era la parada en la que tenían que bajarse, con el simple objetivo de jugar a identificar sus acentos, juego que adopté al regresar de tierras británicas y que se me quedó encallado en la rutina desde entonces.


Identifiqué a la chica y a uno de ellos como italianos, pero el otro acento se me resistía y se escabullía de forma maestra por el alfabeto. Levanté la mirada para completar la descripción con un aspecto físico, una marca cultural, una moda que me permitiera estructurar una identidad extranjera en tierra prohibida.

Pero no pude ir más allá, al mover la cabeza una cuchillada me atravesó el pecho y dos ojos negros como el grafito escribieron su nombre a fuego en mi piel. Ya no recuerdo que pasó después, el tiempo se detuvo durante unos segundos, minutos, quien sabe cuánto tardó el metro en llegar a la próxima parada. Me había quedado atrapada entre el ayer y el hoy, en un segundo de inconsciencia que aprovechó para marcar mi día, quizás mi semana en el calendario de la sinrazón.


Despúes me marché. Me bajé de aquel vagón y creí haberlo soñado todo, creí haber imaginado unos ojos que me miraban y un acento que nunca llegué a identificar.


Hoy me he acercado al Ayuntamiento para resolver unas cuestiones y al contrario de lo que tengo acostumbrado decidí romper con mi rutina e utilizar la guagua para llegar. Allí bajo la marquesina, sentado con la mirada perdida lo encontré a él. No lo busqué, pero simplemente estaba ahí. Aunque quizás el no era consciente de lo que estaba pasando, allí estaba, minutos antes de que la vida comenzara a girar más deprisa.


Intenté evitarlo, intenté evitar que me dejara clavada de nuevo en el sitio o que me arrastrara a un agujero negro sin salida, me coloqué detrás, donde no pudiera verme y le observé coger la guagua, mientras yo esperaba a la amiga que compartiría conmigo los quehaceres de la burocracia.


Entonces, lo recordé "nunca hay dos sin tres", había dicho aquella señora hacía ahora tres años y reí a consciencia, reí sinceramente y de verdad.


Estaba segura de que jamás volvería a verlo y me esforzaba en grabar a fuego el estremecimiento que había causado su ojos sobre mi piel, cuando volví a sentirlo. Levanté de nuevo la mirada y allí estaba él, en la puerta del Ayuntamiento, mirándome, esperando no sé qué bendición del cielo o simplemente dejando la vida (y los números del turno) pasar.


Nunca hay dos sin tres. Al final ella tenía razón, nunca hay dos sin tres, nunca. Ahora, me gustaría volver, allá a su país natal y sacarla de aquella pequeña cama para que me contara lo que sucede con el cuatro. Quizás perdí mi oportunidad al no entablar conversación en la puerta del Ayuntamiento, quizás simplemente no quise reconocer el pánico que me producen ese tipo de situaciones, quizás decidí huir, como siempre, o quizás, sólo quizás puede que nunca haya tres sin cuatro.

4 comentarios:

canichu lun. jul. 21, 06:03:00 p. m.  

bueno, quizá debiste decir algo, o quizá las cosas debían ser así. No le des muchas vueltas. Lo pasado, pasado es.

didac mar. jul. 22, 11:36:00 a. m.  

todo
vuelve .....
brsos

Alberto,  mar. jul. 22, 05:00:00 p. m.  

Creo que no estamos teniendo en cuenta una cosa...

Alnitak vie. ago. 01, 10:31:00 p. m.  

Y...al final resultó que nunca hay tres sin cuatro, el cinco... prefiero no hablar del cinco. ;-)

Son tiempos difíciles para los soñadores...
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Ellos me contaron que...

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