martes, julio 14, 2009

Lunes felino

Para la reina Monde,
no como despedida

sino como forma de comenzar
a construir la nueva colmena.





Dejé de contar al llegar a los 21.457 pasos. Demasiados para una sólo noche, incluso para mí.


En aquella cuenta estaban todos los minutos que tardé en llegar a su casa mientras descubría, no sin sorpresa, que comencé a buscar el portal 142 caminando desde el único punto que conocía de su calle, un centenar de números -y no menos glorietas- antes.

Hice un poco la vista larga entre vaso y vaso de vino para retomar la cuenta en el alféizar de su ventana, en los saltos y el gato que nos miraba suplicante desde el borde del pasillo verde -ahora que se ha corrido la voz sobre lo que mostraba aquella película para los no tan niños-, y nos miraba como si saltar al vacío fuera cosa de una raza superior -la suya- mientras recitaba el cógeme si te atreves en minino antiguo a los ojos penetrantes de su amada que se mecía impasible en el siguiente balcón.

Aún no sé si incluir en la cuenta los pasos en falso y los de la cuerda floja y el gateo seductor que resultó ser la única forma de traer a nuestro galán de vuelta a casa, no sin antes terminar la demostración de sus destrezas saltando estoicamente sobre mis hombros.

Entonces recuperé mi vaso -el tercero- y saludé con una reverencia al público que había presenciado nuestra actuación: un par de parejas y un par de cervezas en una terraza tranquila de verano, alegres por descubrir que ellos nunca fueron los locos de la historia.

Lo que vino después no lo recuerdo con precisión. Pelos de gato, pasos, vino, una cuesta, pasos y más pasos, un teatro, unos ojos azules, una pendiente y más pasos, una nueva pausa y cerveza con limón.

Entonces, disfruté por primera vez del papel de sujetavelas, captando al vuelo las miradas furtivas que se lanzaban al aire aquellos dos tintos de verano junto al Puente de Segovia, hasta que decidí marcharme, tras haber recopilado suficiente información para las crónicas del día siguiente y con la esperanza de dejarlos a buen recaudo en una cita con billete para asistir en primera fila a la despedida de dos cuerpos desnudos en las saunas madrileñas.

Y retomé la cuenta: pasos hasta el teatro de La Latina, más pasos hasta la Plaza de Tirso de Molina, el metro en obras cerrado antes de tiempo y más pasos dirección Antón Martín, las dos de la mañana al enfilar la calle Atocha y parar al fin junto a las vías del ferrocarril a esa hora dormidas.

Perdí la cuenta al llegar a los 21.457 pasos junto a la estación de Atocha porque las gotas de Madrid que me resbalaban por la espalda me gritaban a voces que aún me restaban como mínimo 60 pasos más hasta mi tercero sin ascensor para pasar una noche en la sauna real, ya sin gatos, pasos ni tintos que sólo se enamoran en verano.




3 comentarios:

La Penca mié. jul. 15, 11:07:00 a. m.  

Qué bonita historia...En verano, en Madrid y con gatos de por medio...

...Es mucho mejor ser los locos de la historia, seguro.

Un beso :)

Yaiza mié. jul. 15, 04:18:00 p. m.  

Es mejor, seguro. Ay, la reina, esa sí que aprovecha cada segundo. Yo le daría un ¡Hurra! (y otro para ti. Besos!

Roberto jue. jul. 16, 04:31:00 p. m.  

sabes? me apasionan los gatos. el gato de tu historia llevaba la eternidad cosida a los ojos...

un beso. Me gusta mucho leerte, mucho

Son tiempos difíciles para los soñadores...
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