jueves, enero 15, 2009

Algodón de azúcar para llevar


Domingo y festivo. Días que la gente odia porque no suponen un día menos que trabajar y se pierden en el calendario disimuladamente.

Hace más de media hora que la espero. Siempre llega tarde, no tiene remedio. Se supone que íbamos a pasear y a tomarnos un café a solas, por fin. Estoy harto de sus amigas, de sus amigos, del cine y las visitas a la tienda de cómics. Se piensa que porque le guste jugar a las Magic puede ir por ahí alardeando sobre lo mucho que sabe sobre juegos de rol y se considera toda una experta.

El mensajito de llego tarde que se me escapó la guagua no podía faltar. Quien me mandará a quedar con ella, si ni siquiera tiene sentido cantarle las cuarenta. Estoy harto, harto de andar suplicándole para quedar, harto de que no sea capaz de callarse cuando le hablo y harto de aparecer en el último puesto de su lista de amigos.

Hay gente que da y otros que se limitan a recibir. Ella es de los segundos. Llega aquí y pone esa carita de me alegro mucho de verte y se piensa que todos los problemas del mundo se solucionan inmediatamente y que estoy aquí a su disposición como si no tuviera nada mejor que hacer.

Luego me tocará escuchar sus historias, consolarle las lágrimas y verla marcharse sin que haya podido explicarle lo que me pasa. Pero esta vez no. Esta vez necesito hablar con alguien y sé que ella puede escucharme, y si no puede lo va a hacer porque ya está bien de dar y no recibir nada a cambio.

A la mierda el chico que la sigue a la universidad o el que se le declaró hace dos semanas en una fiesta de la universidad, no me importa una mierda lo que haya pasado con ellos. Y a ella tampoco deberían importarle.

Está encerrada en su maraña de pensamientos, liando y construyendo historias que nunca suceden, levantando castillos en el aire y viviendo su vida como si se tratara de la nueva temporada de Ally McBeal. Y nosotros, personajes de una novela que nos comportamos como tales, y ella la pobre víctima que nunca está a la altura del papel de la protagonista, y a la que por tanto no le queda otro remedio que echarse a llorar continuamente y sin razón aparente.

A la mierda su novela y a la mierda ella. Lleva 45 minutos de retraso y estoy hasta las narices de esperar. En la esquina del parque está el puesto de dulces como siempre que hay fiesta en la ciudad. Aún guardo el recuerdo del primer algodón de azúcar que compartimos.

Estoy harto de esperar. Me voy a casa. Ni se te ocurra llamarme que no estoy de humor.

Que llore ahora. Que llore todo lo que quiera. Yo no tengo por qué seguir aguantando estas cosas. Voy a comprar un algodón de azúcar y me marcho. No me vendrá mal algo dulce para quitarme este mal humor.

-Yo me voy contigo así que tendrás que pedir el algodón de azúcar para llevar ¿no?

Y sonríe como si no pasara nada. Tendrá morro.

-Siento el retraso.

4 comentarios:

Anónimo,  jue. ene. 15, 07:25:00 p. m.  

Y al final siempre cedemos, igual que ceden con nosotros. Porque de eso trata la amistad. De eso y de saber cuándo una se está pasando... A ver si nos vemos prontito!!

Una impuntual crónica

rEi vie. ene. 16, 10:07:00 p. m.  

http://es.youtube.com/watch?v=gsaEHpf1Zlk

Anónimo,  sáb. ene. 17, 05:56:00 p. m.  

me encanta tu escrito... a la mierda con los imputuales. No joda

Son tiempos difíciles para los soñadores...
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